Entregósela entonces don Alonso, y ella, con extraordinaria avidez, se puso a devorarla. Esta carta, como presumirán nuestros lectores, no contenía sino lo que ya saben; pero, por una fatal circunstancia, distaba de la imaginación de doña Beatriz como el cielo de la tierra. Acabó, por fin, de leerla, y dejando caer entrambas manos sobre el lecho, como postrada de debilidad, dirigió una larga y melancólica mirada al paisaje que por las abiertas ventanas se descubría. Un breve espacio estuvo sumida en esta triste distracción, hasta que al cabo, lanzando un profundo suspiro, exclamó:

—Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso: puro y hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí, que pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo, cuando sólo se ataviaba para mi eterna despedida!

—¡Y necio de mí mil veces!—repuso don Alonso—que te dejé adormecer en esa vana esperanza que podía desvanecerse con un soplo.

—¿Qué queríais, padre?—repuso ella con dulzura—. Mis ojos se habían cansado de llorar en la noche de mis pesares, y cuando el cielo me mostró un vislumbre de felicidad, creía que duraría, porque lo había comprado a precio de infinitas amarguras. Poco siento la muerte por mí; pero, ¿quién os consolará a vos, quién le consolará a él, a él, que me ha amado tanto?

—Doña Beatriz—dijo gravemente el religioso—, no hace mucho tiempo que la misericordia divina os sacó de las tinieblas mismas de la muerte, y no sé cómo en vuestra piedad lo echáis en olvido tan pronto y así desconfiáis de su poder. Por otra parte, yo he leído también lo que dice mi reverendo prelado y no veo motivo para ese desaliento, cuando el inquisidor Aymerico ha prometido su ayuda para con el soberano pontífice a fin de que la consulta se decida favorablemente. Así debéis esperarlo.

—¡Ah, padre!—contestó ella—, ¿cómo pensáis que en el laberinto de este inmenso negocio tropiecen en la hoja de papel de que pende mi sosiego y felicidad? ¿Qué les importa a los potentados de la tierra la suerte de una joven infeliz que se muere de amor y de pesar? ¿Quién pone los ojos en el nido del ruiseñor cuando el huracán tala y descuaja los árboles del bosque?

Don Alonso, que se había sentado a los pies de la cama con la cabeza entre las manos, sumido en una profunda aflicción, se levantó al oir estas palabras como herido de una idea súbita, y poniéndose delante de su hija con ademán resuelto, respondió:

—¡Yo, yo que te he perdido, yo te traeré la libertad de don Álvaro y la ventura de los dos! Yo pasaré a Francia, yo iré al cabo del mundo, aunque sea a pie y descalzo y con el bordón del peregrino en la mano y me arrojaré a los pies de Clemente V. Yo le hablaré de la sangre que ha vertido mi casa por la fe de Cristo y le pediré la vida de mi hija única. Mañana mismo partiré para Viena.

—¡Vos, señor!—contestó ella como asustada—, ¿y pensáis que yo consentiré en veros expuesto a las penalidades de un viaje tan largo y en mirar vuestras canas deslucidas con inútiles ruegos sólo por esta pasión insensata que ni la oración, ni las lágrimas, ni la enfermedad han podido arrancar de mi pecho? Y luego, padre mío, considerad que ya es tarde y que a vuestra vuelta sólo encontraréis el césped que florezca sobre el cuerpo de vuestra hija. ¡No os apartéis de mí en ese instante!

—¡Beatriz! ¡Beatriz!—contestó el anciano con un acento terrible—, no me desesperes, ni me quites las fuerzas que necesito para tu bien y el mío. Mañana partiré, porque el corazón me dice que el cariño y el arrepentimiento de tu padre, han de poder más que la fatal estrella de mi casa.