Doña Beatriz quiso responder; pero Martina, juntando las manos, le dijo con el mayor encarecimiento:
—Por Dios santo, noble señora, que le dejéis hacer cuanto dice, porque me parece que es una voz del cielo la que habla por su boca, y además, con eso le quitaréis un peso que le agobia de encima del corazón.
—Doña Beatriz—le dijo gravemente el religioso—, en nombre de vuestro padre, de vuestro linaje y de cuanto podéis amar en el mundo, os encargo que recojáis todo vuestro antiguo valor y que os soseguéis, pues semejante agitación puede dañaros infinito.
Y al acabar estas palabras, se salió del aposento llevándose consigo al señor de Arganza. Separóse de él un instante para disponer una bebida con que pensaba templar la calentura de la enferma aquella noche y en seguida volvió al lado del acongojado viejo:
—¿Cuál es vuestro pensamiento?—le preguntó.
—El de emprender la marcha al instante—le respondió don Alonso—; pero quisiera que vuestro prelado viniese a hacer el oficio de padre con mi desdichada hija, que va a quedar por algún tiempo en la mayor orfandad y desamparo. ¿Creéis que su vista no empeore su estado, trayéndole a la memoria imágenes dolorosas?
—Todo lo contrario—respondió el monje—; antes es preciso amortiguar el crudo golpe que ha recibido hoy, borrándolo en lo posible de su imaginación. Así que, no sólo debe venir el abad, sino don Álvaro también, y muy en breve, porque tal vez su presencia valga harto más que todos mis remedios.
—Sí, sí, sin perder tiempo—respondió don Alonso llamando con una especie de silbato de plata.
Al punto se presentó el cazador Nuño.
—¿Se ha ido ya el mensajero de Bembibre?—le preguntó su amo.