—No, señor—respondió el viejo con aire de taco—; sin duda aguardará por las albricias de las buenas nuevas que ha traído.

—No importa—respondió don Alonso—, tráele inmediatamente a mi presencia.

El criado salió murmurando entre dientes y su señor, sentándose aceleradamente a un bufete, escribió una carta muy encarecida al abad, encargándole la pronta venida en compañía de don Álvaro. Justamente acababa de cerrarla, cuando se presentó el mensajero.

—Malas nuevas has traído, amigo—le dijo el señor de Arganza.

—¡Ah, señor!—respondió el hombre con el acento de la sinceridad—, harto me pesa, y si yo hubiera sabido cuáles eran, otro hubiera tenido que ser el portador.

—No importa—repuso don Alonso—; ahí tienes esas monedas por tu viaje; pero dí, ¿vienes bien montado?

—Una yegua traigo más ligera que el pensamiento—respondió el correo muy alegre de verse tan generosamente recompensado.

—Pues es preciso que pongas a prueba su ligereza para llegar a Bembibre al punto y entregar esta carta al abad de Carracedo, que si la yegua se revienta yo te dejaré escoger entre las mías la que quieras.

Sin aguardar a más salió el soldado, y desatando su cabalgadura y montando en ella de un salto, salió como un torbellino por el camino de Ponferrada, en donde se perdió muy en breve de vista.

A medida que fué entrando el día fué creciendo la calentura de doña Beatriz, y turbándose su conocimiento. Quejábase de dolor y opresión en el lado izquierdo y de una sed devoradora; de cuando en cuando se quedaba dormida, y entonces un sudor extraordinario venía por fin a despertarla. En estas alternativas pasó la tarde, hasta que, entrando la noche su respiración comenzó a ser más fatigosa y a tener ciertos intervalos de delirio, bebiendo con ansia indecible grandes porciones del cordial que le habían dispuesto.