Ni su padre ni el anciano religioso se apartaron, sino muy contados instantes, del aposento de la enferma, silenciosos ambos, aunque igualmente atentos, y haciendo sin duda las más tristes reflexiones sobre aquella vida marchitada en flor por el gusano roedor de la desdicha. A cada frase de las varias incoherentes que se escapaban de sus labios, don Alonso se acercaba como si oyese pronunciar su nombre; pero, o callaba en seguida, o después de echarle una mirada errante y distraída, se volvía del lado opuesto, unas veces lanzando un suspiro y otras sonriéndose de una manera particular. El desventurado padre se apartaba entonces meneando tristemente la cabeza, y sentándose a un extremo de la estancia, volvía a sus penosas reflexiones.
Como el insomnio y la aflicción acaloraban a un tiempo su cabeza, salió en una ocasión un momento al mirador de la quinta a respirar el aire exterior. Estaba muy entrada la noche, y la luna en la mitad del cielo parecía al mismo tiempo adormecida en el fondo del lago. Con su luz vaga y descolorida, los contornos de los montes y peñascos se aparecían extrañamente suavizados y como vestidos de un ligero vapor. No se movía ni un soplo de aire; los acentos de un ruiseñor, que cantaba a lo lejos, se perdían entre los ecos con una música de extremada armonía.
El señor de Arganza no pudo menos de sentir el profundo contraste que con los tormentos de su hija única formaba la calma de la naturaleza. Acordóse entonces de la predicción del abad de Carracedo, y de tal manera se perturbó su imaginación, que se sentó trémulo y acongojado en un asiento, cuando de pronto le pareció oir como a la salida del pueblo de Carracedo un ruido que instantáneamente iba aumentándose. Un rápido vislumbre, que salió por acaso de debajo de las encinas, excitó más su curiosidad, y observando con cuidado vió que eran tres jinetes, dos de ellos con atavíos militares que venían costeando el lago con galope rápido y acompasado a un tiempo, y se encaminaban a la quinta. La luz de la luna, que no servía para distinguir más que los bultos, alumbró lo bastante cuando ya se acercaron para descubrir que el uno de ellos vestía el hábito blanco y negro de la Orden de San Bernardo. Don Alonso no pudo contener un grito de alegría y de sorpresa, y bajando la escalera precipitadamente fué a abrir por su misma mano la puerta al abad de Carracedo, que era el que llegaba acompañado de don Álvaro y de su escudero Millán.
—¡Ah, padre mío!—le dijo el apesadumbrado señor arrojándose en sus brazos—; no hace un instante que estaba pensando en vos. Vuestra predicción ha empezado a cumplirse de un modo espantoso, y mucho temo que no salga cierta del todo.
—No deis crédito a palabras, hijas de un ímpetu de cólera—le dijo el abad bondadosamente—. Más alta que la vanidad de nuestra sabiduría está la bondad de Dios.
—¿Y vos también, noble don Álvaro?—añadió don Alonso yéndose para el joven con los brazos abiertos—. ¿De esta manera debíamos encontrarnos al cabo de tan alegres imaginaciones?
Entonces se le anudaron las palabras en la garganta, y don Álvaro, sin desplegar los labios, se apartó violentamente de él, volviendo las espaldas y metiéndose en la obscuridad para enjugarse las lágrimas de que estaban preñados sus párpados y sofocar sus sollozos. Todo quedó silencioso por un rato, si no es el caballo árabe de don Álvaro, que, a pesar de la fatigosa jornada, hería la tierra con el casco. Por fin el noble huésped, sosegándose un poco, dijo a los recién venidos:
—No os esperaba hasta mañana, mis buenos amigos; pero en verdad que nunca pudo haber llegada más a tiempo.
—¿Eso creíais de nosotros?—respondió el abad—¡no permita el cielo que con esa tibieza acuda nunca a los menesterosos y afligidos! Desde que recibimos vuestra carta, no hemos cesado de caminar con la mayor diligencia, y aquí nos tenéis. ¿Pero nada nos decís de vuestra hija?
—Hace un momento que dormía—respondió don Alonso—, si sueño puede llamarse el que en medio de tanta perturbación se disfruta. Venid, acerquémonos a su aposento para que la veáis si puede ser.