Al ruido de los caballos habían acudido algunos criados, y uno de ellos cogiendo una luz, los guió a la cámara de la enferma. Quedáronse los forasteros al dintel mientras don Alonso se informaba, pero al punto volvió por ellos y los hizo entrar.

Estaba doña Beatriz tendida en su lecho, como sumergida en un angustioso letargo, y las largas pestañas que guarnecían sus párpados, daban a sus ojos cerrados una expresión extraordinaria. Aquella animación que la esperanza y alegría disipadas hacía tan pocas horas, habían comenzado a derramar en su rostro, todavía no estaba borrada. En su frente, pura y bien delineada, se notaba una cierta contracción, indicio de su padecimiento, y la calentura había esmaltado sus mejillas con una especie de mancha encendida. Sus rizos largos y deshechos, le caían por el cuello, blanco como el de un cisne, y velaban su seno, de manera que, a no ser por su resuello anheloso y por el vivo matiz de su rostro, cualquiera la hubiera tenido por una de aquellas figuras de mármol que vemos acostadas en los sepulcros antiguos de nuestras catedrales. Todavía no habían desaparecido las huellas de los antiguos males y las del nuevo comenzaban a marcarse profundamente; pero, sin embargo, estaba maravillosamente hermosa, no de otra suerte que si un reflejo celestial iluminase aquel semblante.

El abad, después de haberla mirado un instante, se puso a hablar en voz baja, pero con un gesto y expresión vehemente, con el religioso que la asistía, pero don Álvaro se quedó contemplándola con los ojos fijos. De repente exhaló un suspiro y luego, con una entonación fresca y purísima que participaba a un tiempo de la melancolía de la tórtola y la brillantez del ruiseñor, cantó sobre un aire del país el estribillo de una canción popular que decía:

Corazón, corazón mío,

lleno de melancolía,

¿cómo no estás tan alegre,

como estabas algún día?

Los ecos de aquella voz tan llena de sentimiento y de ternura, quedaron vibrando en las bóvedas de la estancia, y como más de una vez sucede en los sueños, doña Beatriz se despertó al son de su propio canto. Don Álvaro que vió abrirse sus hermosos ojos, como dos luceros hermanos que saliesen al mismo tiempo del seno de una nube, tuvo la bastante presencia de ánimo para esconderse al punto detrás de don Alonso y de Martina, temeroso de producir con su aparición una revolución fatal en la enferma; pero ya fuese que la acción le pareciese sospechosa, ya que su corazón le dijese a gritos quién era el que delante tenía, se incorporó en la cama con ligereza increíble, y como si quisiera atravesar con su mirada los cuerpos de su padre y de Martina para descubrir al que se ocultaba, preguntó con zozobra:

—¿Quién, quién es ése que así se recata de mis miradas?

El abad, poseído de los mismos temores, quiso hacer entonces la deshecha, y presentándose de repente, le dijo: