—Es un guerrero que me ha acompañado, doña Beatriz. ¿No me conocéis?

—¡Ah!, ¿sois vos, padre mío?—contestó la joven asiendo su mano y llevándola a sus labios—; pero ¿quién sino él os acompañaría a esta casa de la desdicha?—prosiguió fijando los ojos en el mismo sitio.

La estatura aventajada de don Álvaro hacía que su casco coronado de un plumero, se viese claramente por encima de la cabeza del señor de Arganza.

—¡Él es! ¡él es!—exclamó doña Beatriz con la mayor vehemencia—ese es el mismo yelmo y el mismo penacho que llevaba en la noche fatal de Villabuena. ¡Salid, salid, noble don Álvaro! ¡Oh, Dios mío, gracias mil, de que no me abandone en este trance de amargura!

—¡Ah, señora!—exclamó él presentándose de repente—ni en la ventura, ni en la desdicha, ni en la vida ni en la muerte, os abandonará nunca mi corazón.

La joven, medio turbada aún por el delirio, y sin seguir más impulsos que el de su corazón, se había inclinado como para echarle los brazos al cuello, pero al punto volvió en sí y se contuvo. Con la emoción se había quedado descolorida, pero entonces un vivo carmín esmaltó sus mejillas y hasta su cuello, y bajó los ojos.

—¡Cosa extraña!—dijo después de un breve silencio—: no hace mucho que soñaba que me arrebatabais del convento como aquella noche fatal, y que sin llegar al asilo que me teníais preparado, os despedíais de mí para siempre, porque os ibais a la guerra de Castilla. Yo entonces me senté a la orilla del camino y me puse a cantar una endecha muy triste. Era un sueño como todos los míos, de separación y de muerte, pero he aquí que vos volvéis... ¿cómo habrá podido serme infiel mi corazón? ¿Qué quiere decir esta mudanza?

—¿Qué ha de decir, hija mía—respondió el Abad—sino que el Señor que te prueba aparta ya de ti las horas malas? ¿No temblabas por la vida, por la honra y por la libertad de don Álvaro? Pues aquí le tienes libre y más honrado que nunca. Aun el único estorbo que a tu felicidad se opone, desaparecerá sin duda muy en breve. ¿Cómo no esperas lo que todos para ti esperamos, y nos afliges de esa suerte?

Doña Beatriz se sonrió entonces melancólicamente, y replicó: