—Mi pobre corazón ha recibido tantas heridas, que la esperanza se ha derramado de él como de una vasija quebrantada. Yo me las figuraba ya cicatrizadas; pero no estaban, sino cerradas en falso, y con este golpe han vuelto a brotar sangre. ¡Tenga el cielo piedad de nosotros!

Volvió a quedarse todo en aquel profundo silencio que entristece, tanto como el mismo mal, las habitaciones de los enfermos, sin oirse más ruido que el de la anhelosa respiración de doña Beatriz. Ella fué la que volvió a romperlo, diciendo impetuosamente, y como si sus palabras y determinación atropellasen por una gran lucha interior:

—¡Don Álvaro!, no os partáis de aquí... ¿No es verdad que os quedaréis? ¿quién puede prohibíroslo? Yo os amo, es verdad, pero del mismo modo pudiera amaros un ángel del cielo o vuestra madre si la tuviérais. ¡Pensad que mis palabras llegan a vos del país de las sombras, y que no soy yo la que tenéis delante, sino mi imagen pintada en vuestra memoria! ¿Pero no me respondéis?, decid: ¿tendríais valor para abandonarme en este trance?...

—No, no, hija mía—repuso el abad apresuradamente—; ni él ni yo nos apartaremos de tu lado hasta que tu padre vuelva de Francia con esa dispensa, prenda de tu alegría y gloria venidera.

—¿Con que perseveráis en esa penosa determinación sólo por amor mío?—exclamó ella clavando en su padre una dolorosa mirada, en que se pintaban la duda y el abatimiento.

—Sí—respondió don Alonso—; mañana mismo partiré, si tú no me quitas el valor con esa flaqueza indigna de tu sangre. Ánimo, Beatriz mía, pues que en tan buena compañía te dejo; que yo espero estar de vuelta antes de tres meses, con lo único que puede tranquilizar a un tiempo tu corazón y mi conciencia: la libertad de don Álvaro.

El médico hizo ver entonces que una conversación tan larga y llena de agitación podía aumentar el acceso de doña Beatriz, y después de algunas palabras de ánimo y consuelo que la dirigieron el abad y su padre, se salieron todos de la habitación, menos el anciano monje y Martina. Don Álvaro no dijo ni escuchó una sola palabra; pero los ojos de entrambos hablaron un lenguaje harto más elocuente al despedirse.

Cualesquiera que fuesen los recelos que doña Beatriz tuviese de su fatal estado, por entonces una sola idea la ocupaba, y era que no se vería privada de la vista de don Álvaro. Poco podía servir para sanar los males de su cuerpo, pero era un bálsamo celestial para su espíritu, y su influencia fué tan suave y benéfica, que como más de una vez sucede con las imaginaciones fogosas, bastó para alterar favorablemente el curso de la enfermedad y proporcionarle más descanso del que pudiera esperarse de aquella noche.