Don Álvaro calló en lugar de responder y no alzó los ojos del suelo. Entonces doña Beatriz, después de haber guardado por un rato el mismo silencio, sacó del seno una cartera de seda verde y le dijo:

—Os había comprendido, porque hace tanto tiempo que laten nuestros corazones a compás, que ningún movimiento del vuestro puede serme desconocido. Pero vos... ¡vos no habéis leído en mi alma!—le dijo con acento sentido y casi colérico.

Don Álvaro entonces levantó los ojos, mirándola con ademán suplicante; pero ella le impuso silencio con la mano, y continuó:

—No os lo echo en cara, porque sobradas desdichas han caído sobre vuestra cabeza por amor de esta infeliz mujer, y sólo ellas han podido quebrantar la fe de vuestro noble corazón. Tomad esta cartera—le dijo en seguida alargándosela—, y con ella aclararéis vuestras dudas.

—¡Ah! ¡no tengo ningunas! ¡ningunas!—exclamó don Álvaro sin recogerla.

—Tomadla, sin embargo—repuso ella—, porque dentro de poco será cuanto os quede de mí. No me miréis con esos ojos desencajados ni me interrumpáis. Pensad que sois hombre y una de las más valerosas lanzas de la cristiandad, y conformaos con los decretos del cielo. En esa cartera escribía yo mis pensamientos y aun mis desvaríos; para vos la destinaba; recibidla, pues, de mis manos, como la hubierais recibido de las de mi confesor.

—¡Ah señora! ¿cómo abrigáis semejantes ideas cuando vuestro padre va a volver, sin duda alguna, y con él los días de la primavera de nuestro amor?

—Mi padre volverá tarde—respondió ella con acento profundo—, volverá sólo para confiar a la tierra los despojos de su hija única y morir después. Antes de este último y fiero golpe, la savia de la vida volvía a correr por estos miembros marchitos; pero ahora se ha secado del todo.

El abad, que acabó entonces su rezo, se acercó a ellos e interrumpió la conversación. Doña Beatriz, oprimida por ella y quebrantada por el esfuerzo que acababa de hacer, se mantuvo taciturna y abismada en sus dolorosas reflexiones. Don Álvaro, trastornado por aquella escena terrible que acababa de levantar el velo de la realidad, guardaba también silencio, apretando convulsivamente entre sus manos y contra su corazón la cartera verde, y el abad, por su parte, respetando la pena de entrambos, no pronunció una sola palabra. De esta suerte cruzaron el lago hasta la ensenada de la quinta, donde, saltando en tierra, volvieron a subir en brazos a la joven. Era ya anochecido y significó su deseo de quedarse a solas con su criada, con lo cual los dos se despidieron de ella, retirándose a sus estancias respectivas.