No bien se vió don Álvaro en la suya, cuando cerrando la puerta y acercándose a un bufete en el cual ardían dos bujías, abrió la fatal cartera y comenzó a leer ansiosamente sus hojas. Estaba señalada la primera con aquel versículo melancólico que, según dijimos en otro lugar, venía a servir de epígrafe aquellas desordenadas y tristísimas memorias: Vigilavi et factus sum sicut passer solitarius in tecto. Don Álvaro, después de haberlo leído, lo repitió maquinalmente. En tan breves palabras estaba encerrada su vida y la de doña Beatriz con su continuo desvelo, su soledad y su esperanza siempre burlada. ¡Cuántas veces se habrían fijado en aquellos caracteres los ojos llorosos de aquella infeliz y hermosa criatura!... Don Álvaro pasó adelante, y volviendo la hoja encontró este pasaje:
«Cuando me dijeron que él había muerto, pasadas las primeras congojas del dolor, me pareció oir una voz que me llamaba desde el cielo y me decía: «Beatriz, Beatriz, ¿qué haces en ese valle de obscuridad y llanto?» Yo pensé que era la suya, pero después he visto que vivía: sin embargo, la voz ha seguido llamándome entre sueños, y cada vez con más dulzura. ¿Qué me querrá decir?—Mucho se ha debilitado mi salud, y moriré joven sin duda alguna.»
En otra hoja decía así:
«¡Qué contenta cerró los ojos mi pobre madre cuando me vió esposa del conde! Ella igualaba su corazón con el mío y esperaba para mí un porvenir de gloria y de ventura; ¿pero qué esperaba su hija? la paz de los muertos, y aun por eso alargó su mano...
[ . . . ]
Más se tarda la muerte de lo que yo me imaginaba, y sin embargo, soy más dichosa de lo que pude esperar. ¡Rara felicidad la mía! Antes de mis tristes bodas llamé aparte al que iba a ser mi esposo y le exigí palabra de que me respetaría todo el año que le había ofrecido a él aguardarle, cuando se partió a la guerra de Castilla. Así me lo prometió y me lo ha cumplido, porque como no me ama, se ha contentado con la esperanza de mis riquezas y el poder que le da este enlace sin solicitar mi corazón, ni mucho menos mis caricias. Así moriré como he vivido, pura y digna del único hombre que me ha amado. Para él escribo estos renglones: ¿pero quién sabe si llegarán a sus manos? ¿Quién sabe si se los llevará el viento como las hojas de los árboles que veo pasar por encima de las torres del monasterio? ¡Más apriesa arrebatará quizá el soplo de la muerte las escasas galas que le quedan al árbol de mi juventud! ¡Pobre padre mío, qué terriblemente habrá de despertar de sus sueños de grandeza!»
Venía después un versículo del libro de Job, que decía:
«¡Ecce nunc in pulvere dormiam, et si mane me quisieris, non subsistam!»
Y en la página siguiente, esta estrofa dolorosa:
“¡La flor del alma su fragancia pierde;