por lo de ayer el corazón suspira,
cae de los campos su corona verde;
lágrimas sólo quedan a la lira!”
Don Álvaro pasó unas cuantas hojas, y encontró con una que decía:
«Heme en fin, viuda y libre; mis lazos están sueltos, pero ¿quién desatará los de él? La suerte de la Orden me inspira vivísimos temores. ¿Quién sabe si mi amor le traerá la muerte y la deshonra? ¡Oh, Dios mío! ¿por qué mi corazón ha de esparcir la desdicha por todas partes?...
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¡Por fin, va preso con todos sus nobles compañeros, y se presentará a los jueces como un salteador de caminos! ¿Qué va a ser de ellos? Esta noche he tenido una hoguera voraz dentro del pecho: una sed mortal me devoraba, y en la ilusión de mi calentura me parecía que todos los riachuelos y fuentes de este país corrían con murmullo dulcísimo por detrás de mi cabecera. No he querido despertar a Martina, porque dormía sosegadamente, aunque su corazón está en otra parte, como el mío. ¿En qué puede consistir semejante diferencia? ¡En que ella ama y espera, y yo amo y me muero!»
Don Álvaro recorrió otros pasajes, en que la agonía que experimentaba por su suerte estaba trazada con rasgos de suma angustia y desconsuelo. Por fin, después de tantas ansias y congojas, venía el siguiente pasaje:
«¡Oh, cielo santo! ¡Está absuelto de todas las acusaciones con todos los suyos!... ¡Pensé que me tiraba al agua para abrazar al mensajero que semejantes nuevas traía! Al cabo volverá, sí, volverá, no hay que dudarlo: ¿para qué se había de ataviar tan pomposamente la naturaleza con todas las galas de la primavera, sino para recibir a mi esposo? ¡Bellas son estas arboledas mecidas por el viento; bellas estas montañas vestidas de verdura; puras y olorosas sus flores silvestres, y músico y cadencioso el rumor de sus manantiales y arroyuelos, pero al cabo son galas del mundo, y yo tengo un cielo dentro de mi corazón! Yo saldré a buscarle con mi laúd en la mano, con mi cabeza cubierta del rocío de la noche y como la esposa de los Cantares, preguntaré a todos los caminantes: «¿En dónde está mi bien amado?» ¡Ah, yo estoy loca! tanta alegría debiera matarme, y sin embargo, la vida vuelve a mi corazón a torrentes, y me parece que la planta del cervatillo de las montañas sería menos veloz que la mía! Él me ponderaba de hermosa... ¿qué será ahora, cuando vea en mis ojos un rayo de sol de la ventura, y en mi talle la gallardía de la azucena, vivificada por una lluvia bienhechora? ¡Oh, Dios mío, Dios mío! para tamaña felicidad, escaso pago son tantas horas de soledad y de lágrimas. ¡Si un paraíso había de ser el lugar de mi descanso, pocos eran los abrojos de que habéis sembrado mi camino!»
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