—Aquí, señora—contestó la muchacha casi sobresaltada de aquel súbito recobro—aquí estoy, siempre a vuestro lado: ¿dónde queríais que estuviese?

—¡Siempre así, pobre muchacha, y sin que tu amor mismo te aparte de mi cabecera!—exclamó doña Beatriz mirándola con ternura.

—¡Ah, señora!, dejad eso; yo no pienso sino en vos y en veros buena: ¿qué queríais que con tanta priesa me llamabais? Me parece que os sentís más animada, ¿no es verdad?

—Sí, sí, tráeme mi vestido blanco, porque quiero pasearme por el lago. Estoy mejor, mucho mejor; y el día me parece hermosísimo. ¡Vos aquí también, don Álvaro! ¡y vos, venerable padre! ¡Ah! ¡me alegro en el alma, porque con eso os veréis en parte pagados de tantos afanes y zozobras como por mí habéis pasado!

Don Álvaro y el abad, como si saliesen de un sueño, no sabían qué pensar de aquel tono casi festivo de doña Beatriz, y en particular el primero no acertaba a poner freno a las tumultuosas esperanzas que se levantaban en su corazón. El anciano médico, al contrario, no pudo contener un gesto de dolor. Saliéronse los tres del aposento y en brevísimo espacio se aderezó doña Beatriz con su sencillez y gracia acostumbrada. Realmente parecían haberse aflojado las ligaduras del mal, pero así y todo, bajó la escalera casi en brazos de Martina y del señor de Bembibre. Cuando llegó a la góndola puso el pie en ella resueltamente, y en seguida fué a sentarse sobre los almohadones de brocado del fondo, no con el ademán doliente y abatido de otras veces, sino con extraño garbo y gentileza. Don Álvaro, atento como nunca a sus menores ademanes, se quedó como de ordinario en pie delante de ella. El abad, que había sorprendido el gesto de mal agüero del físico, se apartó con él al otro extremo de la ligera embarcación para interrogarle, y Martina por su parte se sentó junto a los remeros, que sin aguardar a más, hicieron volar la barca por la azulada espalda del lago, rápida y serena como una de las muchas aves que por allí nadaban.

Estaba el cielo cargado de nubes de nácar que los encendidos postreros rayos del sol orlaban de doradas bandas con vivos remates de fuego: las cumbres peladas y sombrías del Monte de los Caballos enlutaban el cristal del lago por el lado del norte, y en su extremidad occidental pasaban con fantasmagórico efecto los últimos resplandores de la tarde por entre las hojas de los castaños y nogales, reverberando allá en el fondo un pórtico aéreo, matizado de tintas espléndidas y enriquecido con una prolija y maravillosa crestería.

El lago iluminado por aquella luz tibia, tornasolada y fugaz, y enclavado en medio de aquel paisaje tan vago y melancólico, más que otra cosa parecía un camino anchuroso, encantado, místico y resplandeciente, que en derechura guiaba a aquel cielo que tan claro se veía allá en su término. Por un efecto de la refracción de la luz, una ancha cinta de cambiantes y visos relumbrantes ceñía las orillas del lago, y la falúa parecía colgada entre dos abismos, como un águila que se para en mitad de su vuelo.

Con semejante escena, el fugaz relámpago de alegría que había iluminado el alma de doña Beatriz, se disipó muy en breve. Siempre había dormido en lo más recóndito de su alma el germen de la melancolía producido por aquel deseo innato de lo que no tiene fin; por aquel encendido amor a lo desconocido que lanza los corazones generosos fuera de la ruindad y estrechez del mundo en busca de una belleza pura, eterna, inexplicable, memoria tal vez de otra patria mejor; quizá presentimiento de más alto destino. A este secreto y sobrehumano impulso había sacrificado doña Beatriz lo que más caro podía serle en el mundo, la libertad y el culto exterior que pensaba rendir a la memoria de su amante, cuando lo imaginaba muerto; sólo por presentarse algún día a los ojos de su madre adornada con la aureola del vencimiento de sí propia. Los azares de su vida, sus continuos vaivenes entre la esperanza y la desdicha, los dolores de su alma y de su cuerpo, y la perspectiva de una muerte próxima, presente por tanto tiempo a sus ojos, habían fecundado estas terribles semillas y ahondado más y más el cauce que la tristeza había labrado en su alma hasta trocarlo en un verdadero abismo, donde iban a parar todos sus pensamientos.

Por lo mismo la escena que se ofrecía a su vista, naturalmente engolfó su imaginación en aquel mar sin límites, donde bogaba hacía tanto tiempo. Por fin, después de haber dirigido llorosas miradas al cielo, al lago, a las montañas lejanas y a aquella quinta donde tanto había aguardado y sufrido, como si de todos ellos se despidiera y tuviesen un alma para comprenderla, dijo al apenado caballero: