—Don Álvaro, ¿no veis cuán vanas son las alegrías de la tierra? ¿Quién nos dijera hace un año que nos habíamos de encontrar en estos escondidos parajes sólo para una eterna despedida?
El joven, que con pesadumbre indecible había observado el rumbo que desde la salida de la quinta iban tomando sus ideas, le contestó:
—¿Es posible, doña Beatriz, que cuando comenzaba a fortaleceros vuestro antiguo valor, así le desechéis de vuestro pecho?
—¡Valor!—respondió ella—. ¿Y pensáis que necesito poco para dirigiros mis últimas palabras y apartarme de vos? ¡Ved, sin embargo, quien me lo inspira! alzad la vista y veréis el cielo: mirad a vuestros pies y allí lo encontraréis también hermoso y puro. Encumbrad vuestro pensamiento a las alturas: bajad con él a la lobreguez del abismo y dondequiera encontraréis a Dios llenando la inmensidad con su presencia. Esa, esa es la fuente en donde yo ¡flaca mujer! bebo el aliento que me sustenta. ¿Os acordáis de las últimas palabras que me oísteis en el bosque de Arganza?
—¡Ah, no, no!—respondió él con el acento de la desesperación—. Yo no recuerdo sino las primeras que escuché de vuestros labios, cuando la vida se nos presentaba tan florida y dulce en el seno de un amor sin fin. ¿Sabéis lo que me representa mi memoria? Pues no es más que eso solo. ¿Sabéis lo que me dice una voz secreta? Que vuestro padre va a volver y que al cabo seréis mi esposa delante del cielo y de los hombres. ¡Mi esposa! ¡ah! Si yo escuchara esa palabra de vuestros labios, saldría de las tinieblas mismas del sepulcro.
—¡Pobre don Álvaro!—contestó ella con una ternura casi maternal—. ¿Cómo esperáis tan pronto la vuelta de mi padre, cuando ha poco más de dos meses que se partió para Francia? ¿Pensáis que todos me aman como vos para buscar con tanto ahinco mi ventura?
—No acabéis con el poco valor que me anima—la interrumpió el joven—dudando de esa suerte de la Providencia.
—No—repuso ella gravemente—, antes le doy gracias porque así ahorrará a mi padre el espectáculo de mi muerte y a mí la desesperación para aquella hora suprema. Aun ahora que un obstáculo insuperable me aleja de vos, mi corazón se despedaza, y sólo una fuerza sobrehumana me sostiene; pero si las barreras hubiesen de caer en el instante de mi muerte, ¡oh, entonces el ángel bueno huiría espantado de mi cabecera y mi alma rabiosa y sombría se extraviaría en los senderos de la eternidad!
Durante esta plática tremenda se iba acercando la falúa a las encinas de la orilla, bajo las cuales no hacía mucho tiempo se había aparecido Cosme Andrade como uno de aquellos ángeles que visitaban la cabaña de los patriarcas, cuando de repente el galope de tres caballos de guerra les hizo volver a todos los ojos hacia aquel sitio. Eran, en efecto, tres jinetes, de los cuales el más delantero, un poco mejor ataviado, indicaba ser el principal, y los tres, habiendo visto la falúa, venían corriendo hacia ella por debajo de aquellos árboles venerables dando gritos de contento y espoleando los corceles con ambos acicates. Doña Beatriz, al oírlos, como si una mano invisible la sacase de su abatimiento con la presencia y voces de los forasteros, se puso en pie velozmente, y con ojos desencajados comenzó a mirarlos, hasta que acercándose más y más lanzó un alarido de dolor a un tiempo y de alegría, y extendiendo los brazos hacia la orilla, exclamó:
—¡Es mi padre, mi padre querido!