—Sí, tu padre soy, hija de mi alma—contestó don Alonso, porque él era en efecto—; tu padre que viene a cumplirte su promesa. ¡Mira, mira!—añadió sacando del seno una cartera verde—. Aquí está la bula del papa, y en ella viene la fianza de tu felicidad.

—¡Misericordia divina!—prorrumpió ella con un clamor tan descompasado, que se oyó en las orillas más apartadas, y aterró a los circunstantes.—¡Misericordia divina!—repitió torciéndose las manos—. ¡La esperanza y la ventura ahora que voy a morir!

Al acabar de pronunciar estas palabras y con el tremendo esfuerzo que de hacer acababa, una de las venas de su pecho, tan débil ya y atormentado, se rompió, y un arroyo de sangre ardiente y espumosa vino a teñir sus labios descoloridos y su vestido blanco. Asaltóla al mismo tiempo un recio desmayo, con el cual cayó en brazos de su doncella y de don Álvaro; pero como todo ello fué obra de un instante y el empuje comunicado a la góndola por los remeros era rapidísimo, tocó en la orilla, donde ya don Alonso estaba apeado, a tiempo que, precipitándose hacia su hija, se encontró bañado en su propia sangre. Con semejante cuadro se quedó como petrificado en medio del alboroto de todos, con la boca entreabierta, los brazos extendidos y los ojos clavados en aquel pedazo de su corazón, por cuyo reposo y contento, aunque tardíos, había hecho tan terribles sacrificios, y aquel mismo largo y penoso viaje de que acababa de apearse. Doña Beatriz, sin dar más señal de vida que algunos hondos suspiros, estaba con la cabeza doblada sobre el hombro de su desolada doncella y todo su cuerpo a manera de una madeja de seda, abandonado y sin brío. El anciano médico, que con tanta prolijidad y amor la había asistido, después de observarla detenidamente se acercó al abad y le dijo al oído, pero no tan paso que don Alonso no percibiese algo:

—Ya se acabó toda esperanza; ¡lo más que durará es un día!

—¡Infeliz padre!—exclamó el abad volviéndose hacia don Alonso; pero con gran pesadumbre suya le encontró con el oído atento y a media vara de distancia.

—¡Todo lo he oído!—le dijo con un acento que partía el corazón—. ¿Lo veis? ¿Lo veis cómo mi corazón no me engañaba cuando os decía que vuestra profecía de desastre se cumpliría al fin? ¡Oh, hija mía, alegría de mi vejez y corona de mis canas!—exclamó queriendo acercarse a ella y forcejeando con el abad y los remeros que le detenían—; ¿no pudo el Señor quitarme la vida en tantos combates con los moros antes de venir a ser tu verdugo?

—¡Recobraos por Dios santo!—le dijo el abad con ansia—. Poned un freno a vuestras quejas si en algo la tenéis, porque pudiera oíros.

El desventurado padre calló al punto de miedo de agravar el estado de su hija; pero siguió sollozando con gran ahogo y congoja.

El deliquio era profundo; la noche comenzó a mostrar sus estrellas, y al cabo hubieron de volverse a la quinta en aquella barca que, según lo ligera y silenciosa que bogaba, no parecía sino el bajel de las almas.

En brevísimo espacio cruzaron el lago, y desembarcando apresuradamente subieron a la señora, todavía desmayada, a su aposento, y la pusieron en su lecho.