Al fin, después de un buen rato, recobró poco a poco la vida que parecía haberse huído de aquel cuerpo fatigado, pero no la razón, extraviada con las visiones del delirio. La aparición de su padre y la nueva que le había dado eran la idea fija y dominante de su desvarío, unas veces alegre y risueña y otras trágica y aflictiva, según las oscilaciones de su ánimo. Continuamente llamaba a don Álvaro y manifestaba una ansiedad grandísima a la idea de que pudiera ausentarse.

—¡Don Álvaro!—exclamaba con la voz quebrada por la fatiga de la respiración—. ¿Dónde estás? Háblame, ven, dame tu mano. A nadie veo, a nadie conozco sino a ti; sin duda te veo con los ojos de mi corazón que a todas partes te sigue, como al sol el lucero de la tarde. ¿Me oyes, don Álvaro?

—Sí, te oigo—exclamaba el joven con una voz que parecía salir de un sepulcro.

—¡Ah! ¡tanto mejor!—reponía ella con el acento del regocijo—; pero no te vayas, porque entonces quedaría sola del todo. Pero ¡loca de mí! ¿Cómo te has de marchar si me amas y eres mi esposo para siempre? Antes mañana me vestiré de gala para que me lleves al altar. ¡Oye! Yo quiero que se den muchas, muchas limosnas, para que todos sean felices y nos bendigan. ¡Si vieras tú cómo me aman todos estos campesinos! ¡Mucho tiempo se pasará antes de que olviden mi memoria!... ¡Ah! dime, ¿y guardas la cartera que te dí hace tanto tiempo? Pues átale una piedra y arrójala al lago, porque aquellos renglones estaban mojados con mis lágrimas y ahora ya no me quedan lágrimas si no son las de alegría.

Fatigada entonces calló por un rato; pero tomando sus ideas otro curso, dijo por último, apartando la ropa que la cubría:

—¡Quitadme esa ropa, que me ahoga! Abrid de par en par esas ventanas y dejad entrar el aire de la noche para que se temple este fuego que me abrasa el pecho... ¡Cielos! ¡Qué pensamientos eran los míos hace un momento para olvidarme así de que estoy luchando con la agonía! ¡Miserable de mí! Allí viene mi padre corriendo... miradle, don Álvaro... la alegría le ha rejuvenecido... ya llega... ¿qué es lo que saca del pecho?... ¡Ah! ¡es tu libertad!... ¡suerte desapiadada!... morir ahora... no, no, don Álvaro, yo soy muy joven todavía, rica y hermosa a tus ojos, a pesar de mis lágrimas, ¿no es verdad?... No, no; no es esta mi hora, porque moriría impenitente y perdería mi alma.

Entonces se quedó de nuevo callada, pero con el rostro desemblantado y los ojos fijos en la pared y haciendo con el cuerpo un movimiento hacia atrás, como si viese acercarse algo de que quisiese huir, hasta que, por último, lanzando un agudo chillido y cubriéndose los ojos con una mano, mientras con la otra apretaba convulsivamente el brazo de su amante, exclamó con voz ronca:

—¡Ahí está! ¡ahí está! ¿No la veis cómo se llega paso a paso? ¡Ah! ¡libradme de ella! envolvedme en vuestro manto... ¡oh Dios mío! ¡De nada sirve, porque sus manos han pasado por él como si fuera de humo y me aprietan el corazón!... Separádmelas de aquí, porque me ahogan, ¡ay de mí! No, dejadlas, que todo se acabó ya... ¡adiós!

Y al decir esto la acometió otro nuevo desfallecimiento.

En estas dolorosas alternativas, más crueles tal vez para los que la rodeaban que para ella propia, se pasó la noche entera. Hacia el amanecer volvió a quedarse como aletargada, según más de una vez le había acontecido durante aquella terrible enfermedad que ya tocaba a su término.