En seguida rodeó la estancia con la vista, y viendo a todos desemblantados y la mayor parte llorosos a causa de las fatigas y dolorosas escenas de la noche anterior, y que con ojos espantados la miraban, las lágrimas se agolparon a sus párpados. Reprimiólas, sin embargo, con un esfuerzo de que sólo era capaz un alma de tan subido temple como la suya, y llamándolos con la mano en derredor de su cama, y asiendo la de su padre, le dijo con acento sosegado:

—Esta muerte que tan de súbito me coge en la primavera de mi vida, más me duele por vos, padre mío, por este noble y generoso don Álvaro y por todos estos buenos amigos que han puesto en mí su cariño, que no por mí. Al cabo, hace más de un año que una voz secreta me está pronosticando este paradero, y aunque ayer lo sufrí con impaciencia, queriendo volverme locamente aun contra el cielo, hoy que se han disipado las nieblas de mi entendimiento, con humildad me postro delante de la voluntad suprema. Ya lo veis, señor, qué pasajera es la luz de nuestros deseos y grandezas: ¿quién le dijera a mi madre que había de seguirla tan en breve? ¿Por qué habéis, pues, de acongojaros de ese modo, cuando vos mismo caminaréis muy pronto por mis huellas, adonde yo con mis hermanos y mi madre os salga a recibir para nunca más apartarnos de vos?

—¡Oh, hija de mi dolor!—exclamó el anciano—; tú eras mi postrer esperanza en la tierra, pero no es tu temprano fin el que abreviará mis cortos días, sino la ponzoñosa memoria de mi falta. ¡Ah, santo religioso—continuó volviéndose al abad—, ved, ved cómo se cumple vuestra profecía! ¡Quiera el cielo perdonarme!

—¿Eso dudáis, padre mío—continuó doña Beatriz—cuando yo, no sólo os he perdonado, sino que lo he olvidado todo, y cuando este joven, harto más infeliz que yo, os respeta y venera como yo misma? ¿No es verdad, noble don Álvaro? Acercaos, esposo mío en la muerte, venid a decírselo vos mismo para que el torcedor del remordimiento no atormente los escasos días que de vivir le quedan. ¿No es verdad que le perdonáis?

—Si le perdono... ¡así me perdone Dios la desesperación que me va a traer vuestra muerte!

—¡La desesperación!—le dijo ella como con asombro afectuoso—, ¿y por qué así? Nuestro lecho nupcial es un sepulcro, pero por eso nuestro amor durará la eternidad entera. ¡Ah, don Álvaro!, ¿esperábais mejor padrino para nuestras bodas que el Dios que va a recibirme en su seno?, ¿concierto más dulce que el de las arpas de los ángeles?, ¿cortejo más lucido que el coro de serafines que me aguarda?, ¿templo más suntuoso que el empíreo? Si vuestros ojos estuviesen alumbrados como los míos, por un rayo de la divina luz, seguro es que las lágrimas se secarían en ellos o que las que corriesen serían de agradecimiento.

Hizo aquí una breve pausa durante la cual sus ojos se clavaron en los de su amante con expresión singular, y, por fin, le dijo:

—Leyendo estoy en ese corazón hidalgo como en un libro abierto. ¿No es verdad que querríais quedar en este mundo con el título de mi esposo? Vuestra alma me ha seguido por mi sendero de espinas y dolores, y ni aun en la muerte me abandona. ¡Ah, gracias, gracias!... Padre mío—añadió dirigiéndose al señor de Arganza—, y vos, reverendo abad, sabed que yo también quiero comparecer ante el trono del Eterno adornada de tan hermoso dictado. Unidnos, pues, antes que se apague la llama de mi vida.

El abad, aunque poseído de consternación, se acercó entonces, y como para templar un poco su ardiente exaltación, le dijo cuán conveniente era que una confesión de entrambos precediese a tan augusta ceremonia.

—Tenéis razón—contestó ella—; pero he aquí la mía, que bien puede decirse en alta voz: Yo he amado y sufrido; cuantos beneficios han estado en mi mano, ésos he derramado; cuantas lágrimas he podido enjugar, ésas he enjugado; si alguna vez he odiado, sedme testigo de que me arrepiento y perdono.