—Otro tanto sé decir de mí—añadió don Álvaro—: unos han sido nuestros sentimientos, una nuestra vida: ¡pluguiese al cielo que la muerte nos igualase del mismo modo!

Don Alonso hizo entonces una señal al abad para que se apresurase a dar fin a un acto que podía servir en cierto modo de alivio a entrambos, y el anciano juntó la mano poderosa de don Álvaro con la débil y casi transparente de doña Beatriz, y con voz conmovida pronunció las palabras del sacramento, después de las cuales quedaron ya esposos ante el Dios que debía juzgar al uno de ellos dentro de pocas horas. Las reflexiones que en seguida les hizo fueron bien diferentes de las que en tales casos se acostumbran, pero en lugar de hablarles del amor que podía dulcificar las amarguras de su vida, y hacerles más llevadero el camino del sepulcro, sólo les puso delante las esperanzas de otro mundo mejor, lo deleznable de las terrenas felicidades y el premio inefable de la resignación y la virtud.

Acabada la sagrada ceremonia, y cual si hubiese sido un bálsamo para su llagado corazón, doña Beatriz quedó muy sosegada y serena. A nadie engañó, sin embargo, esta engañosa tregua de su enfermedad, y mucho menos a la llorosa Martina, que sobradamente penetrada del riesgo inminentísimo de su señora, no apartaba los ojos de ella ni un punto. Advirtió la enferma su solicitud e inquietud dolorosa, y atrayéndola a sí por la mano, y enjugándole con la suya las lágrimas, que la atribulada doncella no acertaba a contener, le dijo:

—¡Pobre muchacha, que eras más viva y alegre que el cabritillo que trisca por estos montes! Un año entero has pasado lleno de angustia y de pesares, sin que tu amor y tu fidelidad se hayan desmentido ni un instante. Tu felicidad me ha ocupado muchas veces, y ahora mismo quiero asegurártela por entero.

El llanto y los sollozos de la pobre niña se redoblaron entonces, y no pudo articular ni una sola palabra de agradecimiento.

—Padre mío, a vuestra liberalidad la encomiendo; mirad que he encontrado en ella toda la sumisión de una sierva y el cariño de una hermana. Y vos, don Álvaro, dulce esposo mío, tomadla a ella y a su futuro marido bajo vuestro amparo, pues su lealtad y ternura hacia vos no han sido menores, y ya que el mundo no se ha puesto de por medio en el camino de su sencilla inclinación, gocen en paz una vida que tal vez hubiéramos gozado nosotros, si hubiéramos vestido su humilde hábito. Y vosotros, amigos míos—añadió dirigiéndose a los criados (porque todos habían acudido a aquella escena de dolor, y la presenciaban como si se les cayese las alas del corazón)—, fiel Nuño, honrado Mendo, a todos os doy las gracias por el amor que me habéis mostrado, y a todos os encomiendo igualmente a la generosidad de mi padre y de mi esposo.

Aquellas pobres gentes, y sobre todo las mujeres, rompieron en alaridos y llantos tales, que hubo que echarlos de la estancia para que no perturbasen a la señora en sus últimos instantes.

A medida que el sol iba subiendo, las ligeras nubes que había sembradas por el cielo, se disiparon, y por último, se quedó el firmamento tan azul y puro, que como en el Ensueño de Byron, «Dios solo se veía en medio de él.» El lago estaba terso y unido como un espejo, y sus riberas silenciosas y solas: los pájaros del jardín habían callado también, pero sus flores con el seno desabrochado a los ardientes rayos del sol, inundaban el aire de aromas, que llegaban hasta el lecho de doña Beatriz.

—¡Cuántas veces—le dijo a don Álvaro—habrás comparado mis mejillas a las rosas, mis labios al alhelí, y mi talle a las azucenas que crecen en ese jardín! ¿Quién pudiera creer entonces que la flor de mi belleza y juventud se marchitaría antes que ellas? ¡Vana soberbia la de los pensamientos humanos!

El hombre se figura rey de la naturaleza, y sin embargo, él sólo no se reanima, ni florece con el soplo de la primavera.