La heredera de Arganza, lo mismo en medio de sus vasallos, que lejos de ellos, era la madre de los menesterosos y el ángel consolador de las familias: la noticia de su peligro, llenó por lo tanto de desolación los pueblos de Lago, Villarrando y Carracedo, de los cuales acudieron infinitas gentes a la quinta.

En una especie de plazuela que había delante de la puerta principal se fueron juntando todos, y aunque se les encargó el silencio, era tal su ansiedad que no podían acallar un rumor sordo sobre el cual se alzaba de cuando en cuando un grito de alguno recién venido y que ignoraba el encargo o de otro que no podía reprimirse.

Poco tardó en percibirlo doña Beatriz, en cuyo corazón encontraban tanto eco todas las emociones puras, y no pudo menos de enternecerse con aquella muestra de cariño tan sencilla y verdadera.

—¡Pobres gentes—dijo conmovida—; y cómo me pagan con creces el amor que les he mostrado! Cierto que me echarán de menos más de una vez, pero este es uno de los mayores consuelos que puedo recibir en este instante.

Entonces significó a su padre y al abad por más extenso las mandas y dádivas que en su nombre se habían de hacer, y manifestó al prelado con vivas expresiones su agradecimiento por su amor paternal nunca desmentido y lo mismo al anciano médico que en su larga enfermedad había mostrado un celo que sólo la caridad podía encender en su corazón entibiado por los años. Así mismo encargó con el mayor encarecimiento que la enterrasen en la capilla de la quinta, a orillas de aquel lago retirado y tranquilo tan lleno de memorias para su corazón.

No parecía sino que aquella existencia de tantos adorada pendía en aquella ocasión de uno de los rayos luminosos del sol, porque declinaba hacia su ocaso al compás del astro del día. Púsose éste por fin detrás de las montañas y entonces doña Beatriz levantando hacia él su lánguida mirada, dijo a su esposo:

—¿Os acordáis del día que os despedísteis de mí por primera vez en mi casa de Arganza? ¿Quién nos dijera que el mismo sol que alumbró nuestra primera separación, había de alumbrar en tan breve espacio la postrera? No obstante, la suerte se muestra más benigna conmigo en este instante, pues entonces me apartaba de vuestro lado y ahora de entre los brazos de mi esposo vuelo a los de Dios.

Al acabar estas palabras inclinó suavemente la cabeza sobre el hombro de don Álvaro, sin hacer extremo ni movimiento alguno, como acostumbraba en los frecuentes deliquios que padecía: pero pasado un rato, y viendo que no se sentía su respiración, la apartó de sí azorado. El cuerpo de la joven cayó entonces inanimado y con los ojos cerrados sobre la cama, porque sobre su hombro acababa de exhalar el último suspiro...

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En la misma noche despachó correos el abad a Carracedo y al monasterio benedictino de San Pedro de Montes, y a la mañana siguiente acudieron un crecido número de monjes de entrambos, con lo cual pudo hacerse el entierro de la malograda joven con toda la suntuosidad correspondiente a su clase. Don Álvaro, que desde que vió muerta a su esposa se encerró en un silencio pertinaz, se empeñó en acompañar su cadáver a la capilla. Durante el oficio estuvo tranquilo aunque echando de cuando en cuando miradas vagarosas al féretro y a la concurrencia, pero cuando llegó el caso de depositar en el sepulcro aquellos restos inanimados, dando un tremendo alarido se precipitó para arrojarse en él. Acudieron al punto los circunstantes y le detuvieron mal su grado. Viendo entonces burlado su intento se desasió de sus brazos y sin cesar en sus alaridos y con todas las trazas de un demente, corrió con planta ligera a emboscarse en lo más cerrado del monte a la parte de las Médulas. Su razón había sufrido un fiero golpe, y al cabo de algunos días, el fiel Millán le encontró en una de las galerías de las antiguas minas con el cabello descompuesto y la ropa desgarrada. Con gran maña lo restituyó a la quinta donde, aplicándole muchos remedios, volvió pronto a su juicio al cabo de algunos días. En cuanto se vió libre de su acceso rogó que le dejasen bajar a la capilla, pero todos se opusieron fuertemente, temerosos de que la vista de aquel sepulcro, no bien cerrado, desatase otra vez la vena de su locura; sin embargo, tantas y tan concertadas fueron las razones que dió, que al cabo hubieron de dejarle cumplir aquel triste gusto. Arrodillóse sobre la sepultura y en oración ferviente pasó más de una hora: besó por último la losa y levantándose en seguida sin pronunciar palabra, ni hacer extremo alguno de dolor, se salió y montando en su arrogante caballo se partió de la quinta, sin despedirse de don Alonso y seguido de Millán y otros dos o tres criados más antiguos, que al rumor de su enfermedad y locura acudieron desalados a la quinta.