Apenas llegó a Bembibre hizo dejación de todos los bienes que poseía en feudo y mejorando considerablemente la herencia de su escudero, repartió lo demás entre sus criados y vasallos más pobres. Hecho esto, una mañana le buscaron por todo el castillo y no pareció: lo único que se había llevado consigo, era el bordón y sayal de peregrino de uno de sus antepasados que había ido a la Tierra Santa en aquel hábito, y para memoria se guardaba en una de las piezas del castillo. De aquí dedujeron unos que él también se habría encaminado a la Palestina, otros que no era allí sino a Santiago de Galicia donde iba con ánimo de quedarse en algún retirado monasterio de aquella tierra, y no faltó, por último, quien dijo que la locura había vuelto a apoderarse de él.

El señor de Arganza, por su parte, sobrevivió poco a su interesante y desdichada hija, como era de esperar de sus años y de su profunda aflicción. Con su muerte se extinguió aquella casa ilustre que pasó a unos parientes muy lejanos y quedó un vivo cuanto doloroso ejemplo de la vanidad, de la ambición y de los peligros que suelen acompañar a la infracción de las leyes más dulces de la naturaleza.

CONCLUSIÓN

El manuscrito de que hemos sacado esta lamentable historia, anda muy escaso en punto a noticias sobre el paradero de los demás personajes, en cuya suerte tal vez no faltarán lectores benévolos que se interesen. Por desgracia no pocos de ellos eran viejos cuando les conocimos, y así el manuscrito ya citado se contenta con decirnos que después de la extinción final del Temple, que Clemente V decretó en el concilio de Viena, no por vía de sentencia, sino como providencia de buen gobierno, la mayor parte de los caballeros fueron destinados a monasterios de diferentes órdenes, y entre ellos el anciano maestre de Castilla, don Rodrigo Yáñez, vino a concluir sus breves días a Carracedo. Díjose, y no sin fundamento, que la desgracia de su sobrino, añadida a los infinitos pesares que le había traído el triste fin de su Orden, acortó el hilo de su vida. El buen abad tardó poco en seguirle, colmado de bendiciones por todos sus vasallos a quienes miraba como a hijos.

Por lo que hace al comendador Saldaña, fiel a su propósito, abandonó la Europa degenerada y cobarde, como siempre la llamaba, y pasó a la Siria donde acabó sus días en una revuelta de los cristianos oprimidos que caudillaba. En resumen, el tal manuscrito no parece sino un libro de defunciones; porque, según él, hasta el mismo Mendo el palafrenero, fué víctima de una apoplejía fulminante que le trajo su obesidad, cada vez mayor.

De la suerte posterior del señor de Bembibre, de la linda Martina, de Millán y de Nuño, nada más de lo que sabemos contenía; pero en el año pasado de 1842, visitando en compañía de un amigo las montañas meridionales del Bierzo hicimos en el archivo del monasterio de San Pedro de Montes un hallazgo de grandísimo precio sobre el particular, que nos aclaró nuestras dudas. Era el tal una especie de códice antiguo, escrito en latín por uno de los monjes de la casa, pero como los sucesos que en él se refieren exigen cierto conocimiento de los lugares, nuestros lectores pueden perdonarnos, mientras les enteramos de lo más preciso, haciéndose cargo de que habiendo tenido paciencia para seguirnos hasta aquí, bien pueden decir con el refrán vulgar: «dónde se fué el mar que se vayan las arenas».