El monasterio de San Pedro de Montes es antiquísimo, pues se remonta su origen a San Fructuoso y San Valerio, santos ambos de la época gótica; y su restauración después de la invasión sarracénica, pertenece a San Genadio, obispo de Astorga, cuya es la iglesia que aún en el día se conserva, con traza de durar no pocos años. Su situación, en medio de las asperísimas sierras que ciñen el Bierzo por el lado de mediodía, revela bien el terrible ascetismo de sus fundadores, pues está montado sobre un precipicio que da al riachuelo Oza y por todas partes le cercan montes altísimos, riscos inaccesibles y obscuros bosques. El rumor de aquel arroyo encerrado en su hondísimo y peñascoso cauce, tiene un no sé qué de lastimero, y los pájaros que comúnmente se ven son las águilas y buitres que habitan en las rocas. El pico de la Aquiana, cubierto de nieve durante siete u ocho meses y el más alto de todos los del Bierzo, domina el monasterio casi a vista de pájaro y dista poquísimo por el aire; pero son tales los derrumbaderos que por aquel lado lo cercan, que el camino para llegar allá tiene que serpentear en la ladera por espacio de más de una legua y tomar además grandes rodeos. Esta montaña es muy pelada, pero está cubierta de plantas medicinales y tiene en su misma cresta una ermita medio enterrada a causa de las nieves y ventarrones, en que se adoraba hasta la extinción del monasterio, la imagen de Nuestra Señora de la Aquiana, cuya función se celebraba el 15 de Agosto y era concurridísima romería.

La vista que desde aquella altísima eminencia se descubre, es inmensa, pues domina la dilatada cuenca del Bierzo llena de accidentes a cuál más pintorescos y hermosos, y desde allí se extiende la mirada hasta los tendidos llanos de Castilla por el lado de oriente y por el occidente hasta el valle de Monterey, semiadentro de Galicia. La Cabrera, altísima y erizada de montañas le hace espalda, y es, en suma, uno de los puntos de vista más soberbios de que puede hacer alarde la España, a pesar de que el lago de Carucedo y los barrancos y picachos encarnados de las Médulas, adornos de los más raros y preciosos que el Bierzo tiene, desaparecen detrás de las vecinas rocas de Ferradillo. Este, sin embargo, es pequeño inconveniente, porque están situadas a corta distancia de la ermita, y con un paseo se puede gozar de la perspectiva de entrambos objetos.

Hechas, pues, estas explicaciones que hemos juzgado necesarias, volvamos al códice latino cuyas palabras vamos a traducir fielmente haciendo antes una profunda cortesía a nuestros lectores, en señal de despedida, ya que después de ellas nada podemos contarles de nuevo. Dice así:

«Por los años de 1320, ocho después que el santo padre Clemente V, de santa memoria, disolvió la orden y caballería del Temple, acaeció que un peregrino que volvía de visitar el sepulcro del Salvador, mal perdido por los pecados de los fieles, apareció en la portería de esta santa casa, y habiendo pedido que le llevasen a la cámara del abad, así lo hicieron. Largo rato duró la plática con su reverencia, la cual al cabo vino a dar por resultado que el forastero de todo el mundo desconocido tomase el santo hábito del glorioso patriarca San Benito a los dos días con grande admiración de todos nosotros; pero el abad, con quien, según oímos de sus labios, se había confesado el peregrino, pasó por encima de todos los trámites y requisitos acostumbrados para entrar en religión, y nos impuso silencio con la voz de su autoridad. El nuevo monje podía tener como hasta treinta y dos años, y era alto, bien dispuesto y de hermosas facciones; pero las penitencias, sin duda, y tal vez los disgustos, le doblaban la edad al parecer. Era muy austero y taciturno, y su aire a veces parecía como de quien en el siglo había sido un poderoso de la tierra. Esto, sin embargo, no dañaba a la modestia y suavidad de trato que con todos usaba, si bien por muy poco tiempo disfrutamos el suyo.

Pocos días antes de su misteriosa llegada había fallecido el ermitaño de la Aquiana, santo varón muy dado a la penitencia; pero como la ermita está cubierta de nieve gran parte del año y la cerca tan grande soledad y desamparo, ninguno se sentía con fuerzas para vida tan áspera y rigurosa. Como quiera el nuevo religioso no bien se hubo enterado de lo más necesario al reciente estado, se partió con consentimiento del abad a morar en la ermita, dejando avergonzada nuestra flaqueza con su valerosa resolución. Era esto a principios del otoño cuando caen en aquella eminencia las primeras nieves, y nubarrones casi continuos comienzan a ceñirla como un ropaje flotante; pero sin arredrarse por eso, tomó posesión al punto de su nuevo cargo.

Los resplandores de su virtud y caridad no pudieron estar largo tiempo ocultos, y así, pronto se convirtió en el ídolo de la comarca. Partía con los pastores pobres su escasa ración de groseros alimentos, y cuando se arrecían con el frío, les cedía la porción de vino que le daban en el convento y que sin duda recibía con este objeto, pues nunca lo llegaba a los labios. Acontecía algunas veces que una res vacuna o alguna cabra se perdía a boca de noche en aquellas soledades, y él entonces, a trueque de ahorrar a su dueño el disgusto de su pérdida, salía de la ermita pisando la nieve endurecida y la llevaba al pueblo a riesgo de ser devorado de los lobos, osos y otras alimañas de que tan gran abundancia se cría en estas breñas.

Con estas y otras buenas obras, de tal manera se llevó tras sí el respeto y los corazones de esta gente sencilla, que sus palabras eran para ellos como las que Moisés oyó de boca del Señor en el monte Oreb. El los consolaba en sus aflicciones, componía sus diferencias, les daba instrucciones para sus cacerías como persona muy entendida, y era, por fin, como la luz de estas obscuras y enriscadas asperezas.

Los fríos del invierno y el rigor de sus penitencias acabaron de destruir su salud ya quebrantada: así es que la dulce estación de la primavera no le restauró en manera alguna. Sin embargo, salía muy a menudo de la ermita, y paseando, aunque con trabajo, llegaba a las rocas de Ferradillo, desde donde se registran las cárcabas y pirámides de las Médulas y el plácido y tranquilo lago de Carucedo. Allí se pasaba las horas como arrobado, y hasta que se declinaba el día casi nunca volvía a su estrecha celda. El abad, viendo cómo decaían sus fuerzas, le rogó repetidas veces que dejase vida tan penosa y bajase a recobrarse al monasterio, pero nunca lo pudo recabar de él.

Por fin, la noche antes de los idus de Agosto (14), víspera de la función de la Virgen de la Aquiana, se oyó tocar a deshora la campana del ermitaño con gran priesa, como pidiendo socorro. Alborotóse con esto, no sólo la comunidad, sino el pueblo entero, y apresuradamente subieron a la ermita; pero por priesa que se dieron, cuando llegaron los delanteros ya le encontraron muerto. Grandes llantos se hicieron sobre él, pero aunque registraron su pobre ajuar, no encontraron sino una cartera destrozada, con una porción de páginas desatadas al parecer y sin concierto, llenas de doloridas razones y sembradas de algunas tristísimas endechas, por las cuales nada podían rastrear sobre el nombre y calidad del desconocido.

Al otro día, según dejamos dicho, era la romería de Nuestra Señora, y tanto para que recayesen sobre el difunto las oraciones de los fieles, cuanto por ver si había alguno que le conociese entre aquel numeroso concurso, lo pusieron en unas andas tendidas de negro a los pies de la ermita, amortajado con su propio hábito y con la cartera de seda encima.