Las gentes que vinieron aquel año fueron muchísimas; pero entre ellas llegó una familia que por el vistoso arreo de su traje llamaba la atención. Componíase de un anciano que pasaba ya de los sesenta; de un mozo como de treinta y dos, muy gallardo; de una mujer como de veinticinco, rubia, de ojos azules y tez blanca, de extraordinaria gracia y gentileza, que traía de la mano, después que se apearon de sus yeguas, una niña como de siete años, con una túnica blanca de lienzo y una gran vela de cera en la mano. La especie de mortaja que la cubría, la ofrenda que llevaba en la mano, y más que todo su color un poco quebrado, pero que en nada menguaba su hermosura de ángel, daban a conocer que venía con sus padres a cumplir algún voto hecho a la Virgen en acción de gracias, por haberla sacado de las garras de la muerte en alguna enfermedad no muy lejana. Era una familia en cuya vista se recreaba el ánimo involuntariamente, porque se conocía que la paz del corazón y los bienes de fortuna contribuían a hacerlos dichosos en este valle de lágrimas.
Los cuatro, pues, entraron en la ermita, y viendo tanta gente agolpada alrededor del muerto, se acercaron, también llevados a un tiempo de la curiosidad y de la piedad. Trabajo les costó romper el cerco de aldeanos para rodear aquel humilde ataúd; pero apenas llegaron a él los dos jóvenes esposos, cuando fijando ella la vista en la cartera y él en el semblante del muerto, se pintó en sus rostros al mismo tiempo la sorpresa y el terror. Estaba la cartera muy descolorida, como si sobre ella hubiesen caído muchas gotas de agua, y el cadáver, como es uso entre los monjes, tenía cubierto el rostro hasta la barba con la capucha; pero así y todo, y con la seguridad que una voz interior los daba, abalanzóse él a descubrir la cara del muerto, y ella se apoderó con ansia de la cartera, que comenzó a registrar.
—¡Virgen Santísima de la Encina!—exclamó la mujer dando un descompasado grito—: ¡la cartera de mi pobre y querida ama doña Beatriz Ossorio!
—Dios soberano—gritó él por su parte abrazándose estrechamente con el cadáver—¡mi amo, mi generoso amo, el señor de Bembibre!
—¿Quién decís?—exclamó el viejo atropellando por la gente—¿el esposo de aquel ángel del cielo que yo vi nacer y morir? Los tres entonces, asiéndose de las manos y del hábito del difunto, comenzaron un tierno y doloroso llanto, en que muchos de los circunstantes, conmovidos a vista del no pensado caso, no tardaron en acompañarles.
—Madre—preguntó la niña con los ojos llenos también de lágrimas, y medio aturdida con lo que veía—¿es este aquel señor tan bueno de que hablas tantas veces con mi padre?
—Sí, Beatriz mía, hija de mi alma—exclamó su madre alzándola en sus brazos—, ese es vuestro bienhechor. Besa, alma mía, besa el hábito de ese santo, porque si esta virgen divina te ha concedido la salud y guardádote a nuestro amor, fué porque él, sin duda, se lo pedía.
Los romeros entonces dijeron ser Nuño García, montero que había sido del señor Arganza, Martina del Valle, camarera de su hija doña Beatriz, y Millán Rodríguez, escudero paje de lanza de don Álvaro Yáñez, señor de Bembibre, que era el que allí muerto a la vista tenían. En esto llegó el abad de esta santa casa, vestido con ropa de iglesia para bajar en procesión la santa imagen, según era costumbre, y diciendo muchas palabras de consuelo a los afligidos criados, les aseguró ser cierto lo que veían y creían. Don Álvaro, según lo que contó, había ido a meterse fraile a un convento de la Tierra Santa; pero habiéndolo entrado los infieles a saco antes de cumplir el año del noviciado, fatigado del deseo de la patria, y atraído por la sepultura de su esposa, había venido a Montes, donde había confiado todas estas cosas al abad bajo secreto de confesión, hasta que otro no descubriese su nombre.
Comoquiera el pesar que aquellas gentes recibieron, fué muy grande, y aun Millán pidió que le dejasen llevar el cuerpo a Bembibre, pero el abad no lo consintió, así por no ir contra la voluntad expresa del difunto, que quería ser enterrado entre sus hermanos, como porque creía que sus reliquias habían de traer bien a este monasterio. A los huéspedes los agasajó y regaló con mucho amor, y en especial al viejo Nuño, a quien vió afligidísimo el día del entierro de doña Beatriz, y cobró afición muy particular desde entonces por su lealtad. El pobre montero, viejo ya y sin familia, se vió desamparado de todo punto cuando se acabó la casa de su amo, dado que rico con sus mandas y larguezas; y se fué a vivir con Martina y Millán, en cuya casa pasaba los últimos años de su vida muy querido y estimado. Al cabo de dos días se volvieron todos a Bembibre, donde vivían bien y holgadamente colmados de regalos y finezas.
Tal fué este extraño suceso que me pareció conveniente asentar aquí, y que duró mucho tiempo en la memoria de estas gentes. De los ya nombrados criados, tengo oído decir a muchas personas que aunque vivieron muy dichosos, rodeados de hijos muy hermosos y bien inclinados, y muy ricos para su clase, sin embargo, aun pasados muchos años, se les anublaban los ojos en lágrimas cuando recordaban el fin que tuvieron sus buenos amos, y, sobre todo, el señor de Bembibre.»