—Madre mía—dijo la joven enjugando los ojos de su madre—; vos habéis sido toda bondad y cariño para mí, y el día de mañana sólo está en la mano de Dios; sosegaos, pues, y mirad por vuestra salud. El Señor nos dará fuerzas para sobrellevar una separación, a mí sobre todo, que soy joven y robusta.
La idea de la falta de su hija, que ni un solo día se había apartado de su lado, y que había desaparecido por un momento, hizo volver a la triste madre a todos sus extremos de amargura, en términos que doña Beatriz tuvo que emplear todos los recursos de su corazón y de su ingenio en apaciguarla. La anciana, que por su carácter suave y bondadoso estaba acostumbrada a ceder en todas ocasiones y cuyo matrimonio había comenzado por un sacrificio algo semejante, aunque infinitamente menor que el que exigían de su hija, bien quisiera indicarla algo, pero no se atrevía. Por último, al despedirse, le dijo:—Pero, hija de mi vida, ¿no sería mejor ceder?
Doña Beatriz hizo un gesto muy expresivo, pero no respondió a su madre; sino abrazándola y deseándole buen sueño.
CAPÍTULO VI
La escena que acabamos de describir causó mucho desasosiego en el ánimo del señor de Arganza, porque harto claro veía ahora cuán hondas raíces había echado en el ánimo de su hija aquella malhadada pasión que así trastornaba todos sus planes de engrandecimiento. Poco acostumbrado a la contradicción y mucho menos de parte de aquella hija, dechado hasta entonces de sumisión y respeto, su orgullo se irritó sobremanera, si bien en el fondo y como a despecho suyo parecía a veces alegrarse de encontrar en una persona que tan de cerca le tocaba, aquel valor noble y sereno y aquella elevación de sentimientos. Sin embargo, atento antes que todo a conservar ilesa su autoridad paternal, resolvió, al cabo de dos días, llevar a doña Beatriz al convento de Villabuena, donde esperaba que el recogimiento del lugar, el ejemplo vivo de obediencia que a cada paso presenciaría, y sobre todo el ejemplo de su piadosa tía, contribuirían a mudar las disposiciones de su ánimo.
Por secreto que procuró tener don Alonso el motivo de su determinación, se traslució sobradamente en su familia y aun en el lugar, y como todos adoraban a aquella criatura tan llena de gracias y de bondad, el día de su partida fué uno de llanto y de consternación generales. El mismo Mendo, el palafrenero que tan inclinado se mostraba a favorecer los proyectos de su amo y a llevar las armas de un conde, apenas podía contener las lágrimas. Don Alonso daba a entender con la mayor serenidad posible, en medio del pesar que experimentaba, que era ausencia de pocos días, y no llevaba más objeto que satisfacer el deseo que siempre había manifestado la abadesa de Villabuena de tener unos días en su compañía a su sobrina. A todo el mundo decía lo contrario su corazón, y era trabajo en balde el que el anciano señor se tomaba.