Doña Beatriz se despidió de su madre a solas y en los aposentos más escondidos de la casa, y por esta vez ya no pudo sostenerla su aliento: así fué que rompió en ayes y en gemidos tanto más violentos cuanto más comprimidos habían estado hasta entonces. El corazón de una madre suele tener en las ocasiones fuerzas sobrehumanas, y bien lo mostró doña Blanca, que entonces fué la consoladora de su hija y la que supo prestarle ánimo. Por fin doña Beatriz se desprendió de sus brazos, y enjugándose las lágrimas bajó al patio, donde casi todos los vasallos de su padre la aguardaban; sus hermosos ojos, humedecidos todavía, despedían unos rayos semejantes a los del sol cuando después de una tormenta atraviesan las mojadas ramas de los árboles, y su talla majestuosa y elevada, realzada por un vestido obscuro, la presentaba en todo el esplendor de su belleza. La mayor parte de aquellas pobres gentes a quienes doña Beatriz había asistido en sus enfermedades y socorrido en sus miserias, que siempre la habían visto aparecer en sus hogares como un ángel de consuelo y de paz, se precipitaron a su encuentro con voces y alaridos lamentables, besándole unos las manos y otros la falda de su vestido. La doncella, como pudo, se desasió suavemente de ellos, y subiendo en su hacanea blanca, con ayuda del enternecido Mendo, salió del palacio extendiendo las manos hacia sus vasallos y sin hablar palabra, porque desde el principio se le había puesto un nudo en la garganta.

El aire del campo y su natural valor le restituyeron por fin un poco de serenidad. Componían la comitiva su padre, que caminaba un poco delante, como muestra de su enojo, aunque realmente por ocultar su emoción; el viejo Nuño, caballero en su haca de caza, pero sin halcón ni perro; el rollizo Mendo, que aquel día andaba desatentado, y su criada Martina, joven aldeana, rubia, viva y linda, de ojos azules y de semblante risueño y lleno de agudeza. Como con gran placer suyo iba destinada a servir y a acompañar a su señora durante su reclusión, no sabemos decir a punto fijo si era esto lo que más influía en el malhumor del caballerizo que, a pesar de los celos y disgustos que le daba con Millán, el paje de don Álvaro, tenía la debilidad de quererla. Viendo, pues, doña Beatriz que habían entrado en conversación, dijo al montero, que por respeto caminaba un poco detrás:

—Acércate, buen Nuño, porque tengo que hablarte. Tú eres el criado más antiguo de nuestra casa, y como a tal sabes cuánto te he apreciado siempre.

—Sí, señora—contestó él con voz no muy segura—; ¿quién me dijera a mí cuando os llevaba a jugar con mis halcones y perros, que habían de venir días como estos?

—Otros peores vendrán, pobre Nuño, si los que me quieren bien no me ayudan. Ya sabes de lo que se trata, y mucho me temo que la indiscreta ternura de mi padre no me fuerce a tomar por esposo un hombre de todos detestado. Si yo tuviera parientes a quienes dirigirme, sólo de ellos solicitaría amparo; pero, por desgracia, soy la última de mi linaje. Preciso será, pues, que él me proteja, me entiendes; ¿te atreverías a llevarle una carta mía?

Nuño calló.

—Piensa—añadió doña Beatriz—que se trata de mi felicidad en esta vida y quizá en la otra. ¿También tú serías capaz de abandonarme?

—No, señora—respondió el criado con resolución—; venga la carta, que yo se la llevaré aunque hubiera de atravesar por medio de toda la morería. Si el amo lo llega a saber me mandará azotar y poner en la picota y me echará de casa, que es lo peor; pero don Álvaro, que es el mismo pundonor y la misma bondad, no me negará un nicho en su castillo para cuidar de sus halcones y gerifaltes. Y sobre todo, sea lo que Dios quiera, que yo a buen hacer lo hago, y él bien lo ve.

Doña Beatriz, enternecida, le entregó la carta, y casi no tuvo tiempo para darle las gracias, porque Mendo y Martina se le incorporaron en aquel punto. Así, pues, continuaron en silencio su camino por las orillas del Cúa, en las cuales estaba situado el convento de monjas de San Bernardo, hermano en su fundación del de Carracedo, y en el cual habían sido religiosas dos princesas de sangre real. El convento ha desaparecido, pero el pueblo de Villabuena, junto al cual estaba, todavía subsiste y ocupa una alegre y risueña situación al pie de unas colinas plantadas de viñedo. Rodéanlo praderas y huertas llenas las más de higueras y toda clase de frutales, y las otras cercadas de frescos chopos y álamos blancos. El río le proporciona riego abundante y fertiliza aquella tierra, en que la naturaleza parece haber derramado una de sus más dulces sonrisas.