—He imaginado—respondió él—que leíais en mi alma y que con vuestra piedad divina os compadecíais de mí.
—¿Y no habéis meditado algún proyecto temerario y violento? ¿No habéis pensado en romper mis cadenas con vuestras manos atropellando por todo?
Don Álvaro no respondió y doña Beatriz continuó con un tono que se parecía al de la reconvención:—Ya veis que vuestro corazón no os engañaba y que yo leía en él como en un libro abierto; pero sabed que no basta que me améis, sino que me creáis y aguardéis noblemente. No quiero que os volváis contra el cielo, cuya autoridad ejerce mi padre, porque ya os dije que yo jamás mancharía mi nombre con una desobediencia.
—¡Oh, Beatriz!—contestó don Álvaro con precipitación—, no me condenéis sin oirme. Vos no sabéis lo que es vivir desterrado de vuestra presencia; vos no sabéis, sobre todo, cómo despedaza mis entrañas la idea de vuestros pesares, que yo, miserable de mí, he causado sin tener fuerzas para ponerles fin. Cuando os veía dichosa en vuestra casa, de todos acatada y querida, el mundo entero no me parecía sino una fiesta sin término, una alegre romería adonde todos iban a rendir gracias a Dios por el bien que su mano les vertía. Cuando los pájaros cantaban por la tarde, sólo de vos me hablaban con su música; la voz del torrente me deleitaba, porque vuestra voz era la que escuchaba en ella, y la soledad misma parecía recogerse en religioso silencio sólo para escuchar de mis labios vuestro nombre. Pero ahora la naturaleza entera se ha obscurecido, las gentes pasan junto a mí silenciosas y tristes, en mis ensueños os veo pasar por un claustro tenebroso, con el semblante descompuesto y lleno de lágrimas, y el cabello tendido; y el eco de la soledad que antes me repetía vuestro nombre, sólo me devuelve ahora mis gemidos. ¿Qué queréis? La desesperación me ha hecho acordar entonces de que era noble, de que penabais por mí, de que tenía una espada y de que con ella cortaría vuestras ligaduras.
—Gracias, don Álvaro—respondió ella enternecida—; veo que me amáis demasiado; pero es preciso que me juréis aquí, delante de Dios, que a nada os arrojaréis sin consentimiento mío. Sois capaz de sacrificarme hasta vuestra fama; pero ya os lo he dicho: yo no desobedeceré a mi padre.
—No puedo jurároslo, señora—respondió el caballero—, porque ya lo estáis viendo: la persecución y la violencia han empezado por otra parte, y tal vez sólo las armas podrán salvaros. Mirad que os pueden arrastrar al pie del altar y allí arrancaros vuestro consentimiento.
—No creáis a mi padre capaz de tamaña villanía.
—Vuestro padre—replicó don Álvaro con cólera—tiene empeñada su palabra, según dice, y además cree honraros a vos y a su casa.
—Entonces yo solicitaré una entrevista con el conde y le descubriré mi pecho, y cederá.
—¿Quién, él? ¿ceder él?—contestó don Álvaro fuera de sí y con una voz que retumbó en la iglesia—. ¡Ceder cuando justamente en vos estriban todos sus planes! ¡Por vida de mi padre, señora, que sin duda estáis loca!