La doncella se sobrepuso al susto que aquella voz le había causado, y le dijo con dulzura, pero con resolución:
—En ese caso, yo os avisaré; pero hasta entonces, juradme lo que os he pedido. Ya sabéis que nunca, nunca seré suya.
—¡Doña Beatriz!—exclamó de repente una voz detrás de ella.
—¡Jesús mil veces!—exclamó acercándose involuntariamente a la reja mientras don Álvaro, maquinalmente, echaba mano a su puñal—. ¡Ah! ¿eres tú, Martina?—añadió, reconociendo a su fiel criada, que había quedado de acecho, pero de la cual se había olvidado por entero.
—Sí, señora—respondió la muchacha—; y venía a deciros que las monjas comenzarán a levantarse muy pronto, porque ya está amaneciendo.
—Preciso será, pues, que nos separemos—dijo doña Beatriz con un suspiro—; pero nos separaremos para siempre si no me juráis por vuestro honor lo que os he pedido.
—Por mi honor lo juro—respondió don Álvaro.
—Id, pues, con Dios, noble caballero; yo recurriré a vos si fuere menester, y estad seguro de que nunca maldeciréis la hora en que os confiasteis a mí.
Ama y criada se apartaron entonces con precipitación, y don Álvaro, después de haberlas seguido con los ojos, se escondió de nuevo. A poco rato las campanas del monasterio tocaron a la oración matutina con regocijados sonidos, y el sacristán abrió las puertas de la iglesia, dirigiéndose a la sacristía; por manera que don Álvaro pudo salir sin ser visto. Encaminóse luego precipitadamente al monte, donde Millán había pasado la noche con los caballos, y montando en ellos, por sendas y veredas excusadas llegaron prontamente a Bembibre.