Encendióse en ira la espaciosa cara del buen palafrenero que, revolviendo el potro, se puso a mirar de hito en hito al escudero. Este por su parte le pagaba en la misma moneda, y además se le reía en las barbas; de manera que sin la mediación del montero Nuño, no sabemos en qué hubiera venido a parar aquel coloquio en mal hora comenzado.
—Mendo—le dijo al picador—, has andado poco comedido al hablar del señor de Bembibre, que es un caballero principal a quien todo el mundo quiere y estima en el país por su nobleza y valor, y te has expuesto a las burlas, algo demasiadamente pesadas de Millán, que sin duda cuida más de la honra de su señor que de la caridad a que estamos obligados los cristianos.
—Lo que yo digo es que nuestro amo hace muy bien en no dar su hija a don Álvaro Yáñez, y en que velis nolis venga a ser condesa de Lemus y señora de media Galicia.
—No hace bien tal—repuso el juicioso montero—, porque, sobre no tener doña Beatriz en más estima al tal conde, que yo a un halcón viejo y ciego, si algo le lleva de ventaja al señor de Bembibre, en lo tocante a bienes, también se le queda muy atrás en virtudes y buenas prendas, y, sobre todo, en la voluntad de nuestra joven señora, que por cierto ha mostrado en la elección algo más discernimiento que tú.
—El señor de Arganza, nuestro dueño, a nada se ha obligado—replicó Mendo—, y así que don Álvaro se vuelva por donde ha venido y toque soleta en busca de su madre gallega.
—Cierto es que nuestro amo no ha empeñado palabra ni soltado prenda, a lo que tengo entendido; pero en ese caso, mal ha hecho en recibir a don Álvaro del mismo modo que si hubiese de ser su yerno, y en permitir que su hija tratase a una persona que a todo el mundo cautiva con su trato y gallardía, y de quien por fuerza se había de enamorar una doncella de tanta discreción y hermosura como doña Beatriz.
—Pues si se enamoró, que se desenamore—contestó el terco palafrenero—; además, que no dejará de hacerlo en cuanto su padre levante la voz, porque ella es humilde como la tierra, y cariñosa como un ángel, la cuitada.
—Muy descaminado vas en tus juicios—respondió el montero—; yo la conozco mejor que tú, porque la he visto nacer, y aunque por bien dará la vida, si la violentan y tratan mal, sólo Dios puede con ella.
—Pero hablando ahora sin pasión y sin enojo—dijo Millán metiendo baza—; ¿qué te ha hecho mi amo, Mendo, que tan enemigo suyo te muestras? Nadie que yo sepa, habla así de él en esta tierra, sino tú.