—Yo no le tengo tan mala voluntad—contestó Mendo—, y si no hubiera parecido por acá el de Lemus, le hubiera visto con gusto hacerse dueño del cotarro en nuestra casa; pero, ¿qué quieres, amigo? Cada uno arrima el ascua a su sardina, y conde por señor nadie lo trueca.

—Pero mi amo, aunque no sea conde, es noble y rico, y lo que es más, sobrino del maestre de los templarios y aliado de la orden.

—Valientes herejes y hechiceros—exclamó entre dientes Mendo.

—¿Quieres callar, desventurado?—le dijo Nuño en voz baja, tirándole del brazo con ira—. Si te lo llegasen a oir serían capaces de asparte como a San Andrés.

—No hay cuidado—replicó Millán, a cuyo listo oído no se había escapado una sola palabra, aunque dichas en voz baja—. Los criados de don Álvaro nunca fueron espías, ni malintencionados, a Dios gracias, que al cabo, los que andan alrededor de los caballeros siempre procuran parecérseles.

—Caballero es también el de Lemus, y más de una buena acción ha hecho.

—Sí—respondió Millán—con tal que haya ido delante de gente para que la pregonen en seguida. ¿Pero sería capaz tu ponderado conde de hacer por su mismo padre lo que don Álvaro hizo por mí?

—¿Qué fué ello?—preguntaron a la vez los dos compañeros.

—Una cosa que no se me caerá a dos tirones de la memoria. Pasábamos el puente viejo de Ponferrada, que, como sabéis, no tiene barandillas, con una tempestad deshecha, y el río iba de monte a monte bramando como el mar: de repente revienta una nube, pasa una centella por delante de mi palafrén; encabrítase éste, ciego con el resplandor, y sin saber cómo, ni cómo no, ¡paf! ambos vamos al río de cabeza. ¿Qué os figuráis que hizo don Álvaro? Pues señor, sin encomendarse a Dios ni al diablo, metió las espuelas a su caballo y se tiró al río tras de mí. En poco estuvo que los dos no nos ahogásemos. Por fin mi jaco se fué por el río abajo y yo medio atolondrado salí a la orilla, porque él tuvo buen cuidado de llevarme agarrado de los pelos. Cuando me recobré a la verdad, no sabía cómo darle las gracias, porque se me puso un nudo en la garganta y no podía hablar; pero él que lo conoció se sonrió y me dijo: vamos, hombre, bien está; todo ello no vale nada; sosiégate, y calla lo que ha pasado, porque si no, puede que te tengan por mal jinete.

—¡Gallardo lance, por vida mía!—exclamó Mendo con un entusiasmo que apenas podía esperarse de sus anteriores prevenciones y de su linfático temperamento, y sin perder los estribos—. ¡Ah, buen caballero! ¡Lléveme el diablo, si una acción como ésta no vale casi tanto como el mejor condado de España! Pero a bien—continuó como reportándose—que si no hubiera sido por su soberbio Almanzor, Dios sabe lo que le hubiera sucedido... ¡Son muchos animales!—continuó, acariciando el cuello de su potro con una satisfacción casi paternal—; y dí, Millán, ¿qué fué del tuyo por último? ¿se ahogó el pobrecillo?