—Albricias, señora, que en esta misma noche estaré fuera del convento y todo se remediará; pero por Dios y la Virgen de la Encina que os soseguéis, porque si de ese modo os echáis a morir, a fe que vamos a hacer un pan como unas hostias.

—Pero ¿qué es lo que intentas?—preguntó su ama, admirada no menos de aquella súbita mudanza que del aire de seguridad de la muchacha.

—Ahora es—respondió ésta—cuando la madre tornera va a preparar la lámpara del claustro: yo me quedaré un poco de tiempo en su lugar, y lo demás corre de mi cuenta; pero cuidado con asustaros, aunque me oigáis gritar y hacer locuras.

Diciendo esto salió de la celda brincando como un cabrito, no sin dar antes un buen apretón de manos a su señora. La prevención que le dejaba hecha no era ciertamente ociosa, porque a poco tiempo comenzaron a oirse por aquellos claustros tales y tan descompasados gritos y lamentos, que todas las monjas se alborotaron y salieron a ver quién fuese la causadora de tal ruido. Era ni más ni menos que nuestra Martina, que con gestos y ademanes propios de una consumada actriz iba gritando a voz en cuello:

—¡Ay padre de mi alma! ¡Pobrecita de mí, que me voy a quedar sin padre! ¿Dónde está la madre abadesa que me dé licencia para ir a ver a mi padre antes de que se muera?

La pobre tornera seguía detrás como atolondrada de ver la tormenta que se había formado no bien se había apartado del torno.

—Pero muchacha—le dijo por fin—, ¿quién ha sido el corredor de esa mala nueva, que cuando yo volví ya no oí la voz de nadie detrás del torno, ni pude verle?

—¿Quién había de ser—respondió ella con la mayor congoja—sino Tirso, el pastor de mi cuñado, que iba el pobre sin aliento a Carracedo a ver si el padre boticario le daba algún remedio? ¡Buen lugar tenía él de pararse! ¿Pero dónde está la madre abadesa?

—Aquí—respondió ésta, que había acudido al alboroto—; ¿pero a estas horas te quieres ir, cuando se va a poner el sol?

—Sí, señora, a estas horas—replicó ella siempre con el mismo apuro—, porque mañana ya será tarde.