—¿Y dejando a tu señora en este estado?—repuso la abadesa.
Doña Beatriz, que también estaba allí, contestó con los ojos bajos y con el rostro encendido por la primera mentira de toda su vida:
—Dejadla ir, señora tía, porque amas puede Dios depararle muchas, y padres no le ha dado sino uno.
La abadesa accedió entonces; pero, en vista de la hora, insistió en que la acompañase el cobrador de las rentas del convento. Martina bien hubiera querido librarse de un testigo de vista importuno; pero conoció con su claro discernimiento que el empeñarse en ir sola sería dar que pensar y exponerse a perder la última áncora de salvación que quedaba a su señora. Así, pues, dió las gracias a la prelada, y mientras avisaban al cobrador, se retiró con su señora a su celda como para prepararse a su impensada partida. Doña Beatriz trazó atropelladamente estos renglones:
«Don Álvaro, dentro de tres días me casan, si vos o Dios no lo impedís. Ved lo que cumple a vuestra honra y a la mía, pues ese día será para mí el de la muerte.»
No bien acababa de cerrar aquella carta cuando vinieron a decir que el escudero de Martina estaba ya aguardando, porque como los criados del monasterio vivían en casas pegadas a la fábrica, siempre se les encontraba a mano, y prontos. Doña Beatriz dió algunas monedas de oro y plata a su criada, y sólo la encargó la pronta vuelta, porque si podía acomodarse al arbitrio inventado, su noble alma era incapaz de contribuir gustosa a ningún género de farsa ni engaño. La muchacha, que ciertamente tenía más de malicia y travesura que no de escrúpulo, salió del convento fingiendo la misma priesa y pesadumbre que antes, oyendo las buenas razones y consuelos del cobrador, como si realmente los hubiese menester. El lugar adonde se dirigían era Valtuille, muy poco distante del monasterio, porque de allí era Martina y allí tenía su familia; pero, sin embargo, ya comenzaba a anochecer cuando llegaron a las eras. Allí se volvió Martina al cobrador y, dándole una moneda de plata, le despidió, so color de no necesitarle ya y de sacar de cuidado a las buenas madres. Dió él por muy valederas las razones, en vista del agasajo, y repitiéndola alguno de sus más sesudos consejos, dió la vuelta más que de paso a Villabuena. Ocurriósele por el camino que las monjas le preguntarían por el estado del supuesto enfermo, y aún estuvo por deshacer lo andado para informarse, en cuyo caso toda la maraña se desenredaba, y el embuste venía al suelo con su propio peso; pero afortunadamente se echó la cuenta de que con cuatro palabras, algún gesto significativo y tal cual meneo de cabeza, salía del paso airosamente, y se ahorraba además tiempo y trabajo, y de consiguiente se atuvo a tan cuerda determinación.
Martina, por su parte, queriendo recatarse de todo el mundo, fué rodeando las huertas del lugar, y saltando la cerca de la de su cuñado, se entró en la casa cuando menos la esperaban. Tanto su hermana como su marido la acogieron con toda la cordialidad que nuestros lectores pueden suponer, y que sin duda se merecía por su carácter alegre y bondadoso. Pasados los primeros agasajos y cariños, Martina preguntó a su cuñado si tenía en casa la yegua torda.
—En casa está—respondió Bruno, así se llamaba el aldeano—; por cierto que, como ha sido año de pastos, parece una panera de gorda. Capaz está de llevarse encima el mismo pilón de la fuente de Carracedo.
—No está de sobra—replicó Martina—, porque esta noche tiene que llevarnos a los dos a Bembibre.
—¿A Bembibre?—repuso el aldeano—¡tú estás loca, muchacha!