—No, sino en mi cabal juicio—contestó ella; y en seguida, como estaba segura de la discreción de sus hermanos, se puso a contarles los sucesos de aquel día. Marido y mujer escuchaban la relación con el mayor interés, porque siendo renteros hereditarios de la casa de Arganza, y teniendo además a su servicio una persona tan allegada, parecían en cierto modo de la familia. No faltó en medio del relato aquello de: ¡pobre señora!, ¡maldita vanidad!, ¡despreciar a un hombre como don Álvaro!, ¡pícaro conde! y otras por el estilo, con que aquellas gentes sencillas y poco dueñas por lo tanto de los primeros movimientos, significaban su afición a doña Beatriz y al señor de Bembibre, cosa en que tantos compañeros tenían. Por fin, concluído el relato, la hermana de Martina se quedó como pensativa, y dijo a su marido con aire muy desalentado:

—¿Sabes que una hazaña como esa puede muy bien costarnos los prados y tierras que llevamos en renta y a más de esto, a más, la malquerencia de un gran señor?

—Mujer—respondió el intrépido Bruno—, ¿qué estás ahí diciendo de tierras y de prados? ¡No parece sino que doña Beatriz es ahí una extraña o una cualquiera! Y, sobre todo, más fincas hay que las del señor de Arganza, y no es cosa de tantas cavilaciones eso de hacer el bien. Conque así, muchacha—añadió dando un pellizco a Martina—, voy ahora mismo a aparejar la torda, y ya verás qué paso llevamos los dos por esos caminos.

—Anda, que no te pesará—respondió la sutil doncella, moviendo el bolsillo que le había dado su ama—; que doña Beatriz no tiene pizca de desagradecida. Hay aquí más maravedís de oro que los que ganas en todo el año con el arado.

—Pues, por ahora—respondió el labriego—tu ama habrá de perdonar, que alguna vez han de poder hacer los pobres el bien sin codicia, y sólo por el gusto de hacerlo. Con que sea madrina del primer hijo que nos dé Dios, me doy por pagado y contento.

Dicho esto, se encaminó a la cuadra silbando una tonada del país, y se puso a enalbardar la yegua con toda diligencia, en tanto que la mujer, contagiada enteramente de la resolución de su marido, decía a su hermana con cierto aire de vanidad:

—¡Es mucho hombre este Bruno! Por hacer bien, se echaría a volar desde el pico de la Aquiana.

En esto ya volvía él con la yegua aderezada, y sacándola por la puerta trasera de la huerta, para meter menos ruido, montó en ella poniendo a Martina delante, y después de decir a su mujer que antes de amanecer estarían ya de vuelta, se alejaron a paso acelerado. Era la torda animal muy valiente; y así es que, a pesar de la carga, tardaron poco en verse en la fértil ribera de Bembibre, bañada entonces por los rayos melancólicos de la luna, que rielaba en las aguas del Boeza y en los muchos arroyos que, como otras tantas venas suyas, derraman la fertilidad y alegría por el llano. Como la noche estaba ya adelantada, por no despertar a la ya recogida gente del pueblo, torcieron a la izquierda y por las afueras se encaminaron al castillo, sito en una pequeña eminencia, y cuyos destruídos paredones y murallas tienen todavía una apariencia pintoresca en medio del fresco paisaje que enseñorean. A la sazón todo parecía en él muerto y silencioso; pero los pasos del centinela en la plataforma del puente levadizo, una luz que alumbraba un aposento de la torre de en medio y esmaltaba sus vidrieras de colores y una sombra que de cuando en cuando se pintaba en ellos, daban a entender que el sueño no había cerrado los ojos de todos. Aquella luz era la del aposento de don Álvaro, y su sombra la que aparecía de cuando en cuando en la vidriera. El pobre caballero hacía días que apenas podía conciliar el sueño, a menos de haberse entregado a violentas fatigas en la caza.

Llegaron nuestros aventureros al foso, y, llamando al centinela, dijeron que tenían que dar a don Álvaro un mensaje importante. El comandante de la guardia, viendo que sólo era un hombre y una mujer, mandó bajar el puente y dar parte al señor de la visita. Millán, que como paje andaba más cerca de su amo, bajó al punto a recibir a los huéspedes, a quienes no conoció hasta que Martina le dió un buen pellizco, diciéndole:

—Hola, señor bribón, ¡cómo se conoce que piensa su merced poco en las pobres reclusas, y que al que se muere le entierran!