Este hombre extraordinario quería a don Álvaro con pasión, no sólo a causa de su confederación con la Orden, sino por sus prendas hidalgas y elevado ingenio. No parecía sino que un reflejo de sus días juveniles se pintaba en aquella figura de tan noble y varonil belleza. Hasta le habían oído hablar con una mal disimulada emoción de la desdichada pasión del noble mancebo, cosa extraña en su austeridad y adusto carácter. Los recientes sucesos de Francia acababan de dar la última mano a sus extraños proyectos, porque una vez arrojado el guante por los príncipes, la poderosa Orden del Temple tendría que presentar la gran batalla, de la cual, en su entender, debía resultar la total sumisión de Europa, y tras de ella la reconquista de Jerusalén. Sin embargo, por muchas que fueran las tinieblas con que el orgullo y el error cegaban su entendimiento, de cuando en cuando la verdad le mostraba algún vislumbre que, si no bastaba para disiparlas, sobraba para introducir en su alma la inquietud y el recelo. Con esto se había llegado a hacer más ceñudo y menos tratable que de costumbre, y fuese por respeto a sus meditaciones o por motivo menos piadoso, los caballeros y aspirantes esquivaban su conversación.

Paseábase, pues, solo en uno de los torreones que miraban hacia Poniente, cuando divisó con su vista de águila, y acostumbrada a distinguir los objetos a largas distancias en los vastos desiertos de la Siria, a nuestro caballero, que con su paje de lanza iban subiendo a buen paso el agrio repecho que conducía y conduce al castillo. Bajó, pues, a la puerta misma a recibirlo, no sólo con la cortesía propia de su clase, sino también con la sincera cordialidad que siempre le inspiraba aquel gallardo mancebo.

—¿De dónde bueno tan temprano?—le dijo abrazándole estrechamente.

—De mi castillo de Bembibre—respondió el caballero.

—¡De Bembibre!—contestó el comendador como admirado—. Quiere decir que habéis andado de noche y que vuestra prisa debe de ser muy grande y ejecutiva.

Don Álvaro hizo una señal de afirmación con la cabeza, y el anciano, después de examinarle atentamente, le dijo:

—¡Por el Santo Sepulcro, que tenéis el mismo semblante que teníamos los templarios el día que nos embarcamos para Europa! ¿Qué os ha pasado en este mes, en que no hemos podido echaros la vista encima?

—Ni yo mismo sabría decíroslo—respondió don Álvaro—, y sobre todo aquí—añadió echando una mirada alrededor.

—Sí, sí, tenéis razón—contestó Saldaña; y asiéndose de su brazo, subió con él al mismo torreón en que antes estaba.

—¿Qué es lo que pasa?—preguntó de nuevo el comendador. El joven, por única respuesta, sacó del seno la carta de doña Beatriz y se la entregó. Como era tan breve, el comendador la recorrió de una sola ojeada, y dijo frunciendo el entrecejo de una manera casi feroz, aunque en voz baja: