—¡Ira de Dios, señores villanos! ¿conque queréis acorralarnos y destrozar además el pecho de gentes que valen algo más que vosotros? ¿Y qué habéis pensado?—repuso volviéndose a don Álvaro.
—He pensado arrancarla de su convento, aunque hubiese de romper por medio de todas las lanzas de Castilla; pero llevarla a mi castillo ofrece muchos riesgos para ella, y venía a pediros ayuda y consejo.
—Ni uno ni otro os faltarán. Habéis obrado como discreto, porque si a vuestro castillo os la lleváseis, o tendríais que abrir de grado sus puertas a quien fuese a buscarla, o se encendería al punto la guerra, cosa que daría gran pesar a vuestro tío y a nadie traería ventaja por ahora.
—Si yo pudiera esconderla en las cercanías—repuso don Álvaro—hasta que pasase el primer alboroto, la pondría después en un convento de la Puebla de Sanabria, donde es abadesa una parienta mía.
—Pues en ese caso—replicó Saldaña—traedla a Cornatel, porque si a buscarla vinieren, a fe que no la encontrarán. Junto al arroyo, y cubierta con malezas, al lado de una cruz de piedra, está la mina del castillo, y por allí podéis introducirla. En mis aposentos no entra nadie, y nadie de consiguiente la verá. Pero a lo que dice la carta, mucha diligencia habéis menester para impedir un suceso que ha de quedar concluído pasado mañana.
—Y tanta—respondió don Álvaro—, que esta misma noche pienso dar cima a la empresa—y en seguida le contó la visita de Martina y la traza concertada, que al comendador le pareció muy bien.
Quedáronse entonces entrambos en silencio, como embebecidos en la contemplación del soberbio punto de vista que ofrecía aquel alcázar reducido y estrecho, pero que, semejante al nido de las águilas, dominaba la llanura. Por la parte de Oriente y Norte le cercaban los precipicios y derrumbaderos horribles, por cuyo fondo corría el riachuelo que acababa de pasar don Álvaro, con un ruido sordo y lejano que parecía un continuo gemido. Entre Norte y ocaso se divisaba un trozo de la cercana ribera del Sil, lleno de árboles y verdura, más allá del cual se extendía el gran llano del Bierzo, poblado entonces de monte y dehesas, y terminado por las montañas que forman aquel hermoso y feraz anfiteatro. El Cúa, encubierto por las interminables arboledas y sotos de sus orillas, corría por la izquierda al pie de la cordillera, besando la falda del antiguo Bergidum, y bañando el monasterio de Carracedo. Y hacia el Poniente, por fin, el lago azul y transparente de Carucedo, harto más extendido que en el día, parecía servir de espejo a los lugares que adornan sus orillas y los montes de suavísimo declive que le encierran. Crecían al borde mismo del agua encinas corpulentas y de ramas pendientes, parecidas a los sauces que aún hoy se conservan, chopos altos y doblegadizos como mimbres, que se mecían al menor soplo del viento, y castaños robustos y de redonda copa. De cuando en cuando una bandada de lavancos y gallinetas de agua revolaba por encima describiendo espaciosos círculos, y luego se precipitaba en los espadañales de la orilla, o, levantando el vuelo, desaparecía detrás de los encarnados picachos de las médulas.
Saldaña tenía clavados los ojos en el lago, mientras don Álvaro, siguiendo con la vista las orillas del Cúa, procuraba en vano descubrir el monasterio de Villabuena, oculto por un recodo de los montes.
—¡Dichosas orillas del mar Muerto!—prorrumpió por fin con un suspiro el anciano comendador—. ¡Cuánto más agradables y benditas eran para mí sus arenas que la frescura y lozanía que engalana aquestas orillas!