Aquella repentina exclamación, que revelaba el sentido de sus largas meditaciones, arrancó de su distracción a don Álvaro.
Acercóse entonces al templario y le dijo:
—¿No confiáis en que los caballos del Temple vuelvan a beber las aguas del Cedrón?
—¡Que si no confío!—exclamó el caballero con una voz semejante a la de una trompeta—. ¿Y quién sino esta confianza mantiene la hoguera de mi juventud bajo la nieve de estas canas? ¿Por qué conservo a mi lado esta espada, si no es por la esperanza de lavarla en el Jordán, del orín, de la mengua y del vencimiento?
—Os confieso—contestó don Álvaro—que al ver la tormenta que parece formarse contra vuestra Orden, algunas veces he llegado a dudar de vuestras glorias futuras, y hasta de vuestra existencia.
—Sí—replicó el templario con amargura—; ese es el premio que da Felipe en Francia a los que le salvaron de las garras de un populacho amotinado. Es, sin duda, el que nos prepara el rey don Jaime por haber criado en nuestro nido el águila que con un vuelo glorioso fué a posarse en las mezquitas de Valencia y las montañas de Mallorca. Ese tal vez el que don Fernando el IV guarda a los únicos caballeros que entre los lobos hambrientos de Castilla no han embestido su mal guardado rebaño. Pero nosotros saldremos de las sombras de la calumnia como el sol de las tinieblas de la noche; nosotros abatiremos a los soberbios y levantaremos a los humildes; nosotros reuniremos al mundo al pie del Calvario, y allí comenzará para él la Era nueva.
—¿Habéis oído alguna vez las reflexiones de mi tío?
—Vuestro tío es una estrella limpia y sin mancha en el cielo de nuestra orden—replicó el comendador—, y tal vez dice verdad; pero vuestro tío se olvida—añadió con orgulloso entusiasmo—que el primer don del cielo es el valor, que todavía habita en el corazón de los templarios como en su tabernáculo sagrado. Acaso es cierto que el orgullo nos ha corrompido; pero ¿quién ha vertido más sangre por la causa de Dios? ¿Dónde estaban para nosotros el cariñoso calor del hogar doméstico, el noble ardor de la ciencia y el reposo del claustro? ¿Qué nos quedaba sino el poder y la gloria? Cualquiera que sea nuestra culpa, con nuestra sangre la volveremos a lavar y con nuestras lágrimas en las ruinas del palacio de David. Pero ¿quiénes son esos gusanos viles que han dejado el sepulcro de Cristo en poder de los perros de Mahoma para juzgarnos a nosotros, a quien todo el poder del cielo y del infierno apenas fué bastante a arrojar de aquellas riberas?
Calló entonces por un rato, y después, tomando la mano de su compañero, le dijo con un acento casi enternecido:
—Don Álvaro, vuestra alma es noble y no hay cosa que no comprenda; pero vos no sabéis lo que es haber sido dueños de aquella tierra milagrosa y haberla perdido. Vos no podéis imaginaros a Jerusalén en medio de su gloria y majestad. Y ahora—continuó con los ojos casi bañados en lágrimas—, ahora está sentada en la soledad, llorando hilo a hilo en la noche, y sus lágrimas en sus mejillas. El laúd de los trovadores ha callado como las arpas de los profetas, y ambos gimen al son del viento colgados de los sauces de Babilonia. Pero nosotros volveremos del destierro—añadió con un tono casi triunfante—y levantaremos otra vez sus murallas con la espada en una mano y la llana en la otra, y entonaremos en sus muros el cántico de Moisés al pie de la cruz en que murió el Hijo del hombre.