Aquel rostro surcado por los años se había encendido, y su noble figura, animada por el fuego que inspiran todas las pasiones verdaderas y vestida con aquel hermoso ropaje blanco que tan bien decía con su edad, asomada a los precipicios de Cornatel, que por su hondura y obscuridad pudieran compararse al valle de la muerte, parecía al profeta Ezequiel evocando los muertos de sus sepulcros para el juicio final. Don Álvaro, que tan fácilmente se dejaba subyugar por todas las emociones generosas, apretó fuertemente la mano del anciano y le dijo conmovido:
—Dichoso el que pudiera contribuir a la santa obra. No será mi brazo el que os falte.
—Mucho podéis hacer—contestó Saldaña—. ¡Quiera Dios coronar nuestros nobles intentos!
Bajaron entonces a los aposentos del comendador, que eran unas cuantas cámaras de tosca estructura, una de las cuales tenía una escalera que descendía a la mina. Saldaña entregó a Don Álvaro la llave de la puerta o trampa exterior, y bajando con él le hizo notar todos los ánditos y pasadizos subterráneos. Volvieron otra vez a los aposentos, donde hicieron una frugal comida, y al caer el sol salió de nuevo don Álvaro con su escudero. Habíale ofrecido Saldaña algunas buenas lanzas por si quería escolta con que mejor asegurar su intento; pero el joven la rehusó prudentemente, haciéndole ver que el golpe era de astucia y no de fuerza, y que cuanto pudiese llamar la atención perjudicaría su éxito. Encaminóse, pues, sólo con su escudero, a la orilla del Sil, que cruzó por la barca de Villadepalos. Después se internó en la dehesa que ocupaba entonces la mayor parte del fondo del Bierzo, y dando un gran rodeo para evitar el paso por Carracedo, tomó ya muy entrada la noche la vuelta de Villabuena.
CAPÍTULO XI
Tiempo es ya de que volvamos a doña Beatriz, cuya situación era sin duda la más violenta y terrible de todas. La agitación nerviosa y calenturienta que le había causado la terrible escena con su padre y la inminencia del riesgo, le habían dado fuerzas para arrojarse a cualquier extremo a trueque de huir de los peligros que la amagaban; pero cuando Martina desapareció para llevar su mensaje y aquella violenta agitación se fué calmando para venir a parar por último en una especie de postración, comenzó a ver su conducta bajo diverso aspecto, a temblar por lo que iba a suceder como había temblado por lo pasado, y a encontrar mil dudas y tropiezos donde su pasión sólo había visto antes resolución y caminos llanos. Ningún empacho había tenido el día de su encierro en solicitar la entrevista de la iglesia, porque semejante paso sólo iba encaminado a contener a su amante en los límites del deber o inclinarle al respeto en todo lo que emanase de su padre. La paz de aquella tierra y la propia opinión la habían determinado a semejante paso; pero ahora, tal vez para encender esta guerra, para confiarse a la protección de su amante, para arrojarse a las playas de lo futuro sin el apoyo de su padre, sin las bendiciones de su madre, era para lo que llamaba a don Álvaro. Aquel era su primer acto de rebelión, aquel el primer paso fuera del sendero trillado y hasta allí fácil de sus deberes; y la propensión al sacrificio que descansa en el fondo de todas las almas generosas no dejó también de levantarse para echarle en cara que, atenta únicamente a su ventura, no pensaba en la soledad y aflicción que envenenarían los últimos días de sus ancianos padres. Su pobre madre en particular, tan enferma y lastimada, se le representaba sucumbiendo bajo el peso de su falta y extendiendo sus brazos a la hija que no estaba allí para cerrarle los ojos y recoger su último suspiro.