Si tales reflexiones se hubieran representado solas a su imaginación, claro es que hubiesen dado en el suelo con todos sus propósitos; pero el vivo resentimiento que la violencia de su padre le causaba, y la frialdad de alma del conde, cuyos ruines propósitos ni aun bajo el velo de la cortesía habían llegado a encubrirse, le restituían toda la presencia de ánimo que era menester en tan apurado trance. Y como entonces no dejaba de aparecerse a su imaginación la noble y dolorida figura de don Álvaro, que venía a pedirle cuenta de sus juramentos y a preguntarle con risa sardónica qué había hecho de su pasión, de aquella adoración profunda, culto verdadero con que siempre la había acatado, sus anteriores sentimientos al punto cedían a los que más fácil y natural cabida habían hallado en su corazón. De esta manera dudas, temores, resolución y arrepentimientos se disputaban aquel combatido y atribulado espíritu.

La vuelta de Martina, que con tanta prontitud como ingenio había desempeñado su ardua comisión, la asustó más que la alegró, porque era señal de que aquella tremenda crisis tocaba a su término. Contóle con alegría y viveza la muchacha todas las menudencias de su correría, y concluyó con la noticia de que aquella misma noche, a las doce, don Álvaro entraría por la reja del agua en la huerta, y que entrambas se marcharían adonde Dios se la deparase con sus amantes, porque, como decía el señor de Bembibre, era aquel demasiado infierno para tres personas solas.

Doña Beatriz, que había estado paseando a pasos desiguales por la habitación, cruzando las manos sobre el pecho de cuando en cuando y levantando los ojos al cielo, se volvió entonces a Martina y le dijo con ceño:

—¿Y cómo, loca, aturdida, le sugeriste semejante traza? ¿Te parece a ti que son estos juegos de niño?

—A mí, no—contestó con despejo la aldeana—; a quien se lo parece es al testarudo de vuestro padre y al otro danzante de Galicia. Esos sí que miran como juego de niños echaros el lazo al pescuezo y llevaros arrastrando por ahí adelante. ¡Miren qué aliño de casa estaría, la mujer llorando por los rincones y el marido por ahí urdiéndolas y luego regañando si le salen mal!

Doña Beatriz, al oir esta pintura tan viva como exacta de la suerte que le destinaban, levantó los ojos al cielo retorciéndose las manos, y Martina, entre enternecida y enojada, le dijo:

—¡Vamos, vamos, que ese caso no llegará, Dios mediante! ¡Con tantos pesares ya habéis perdido el color, ni más ni menos que el otro, que parece que le han desenterrado! Esta noche salimos de penas y veréis qué corrida damos por esos campos de Dios. Una libra de cera he ofrecido a la Virgen de la Encina si salimos con bien.

Todas estas cosas que a manera de torbellino salían de la rosada boca de aquella muchacha, no bastaron a sacar a doña Beatriz de su distracción inquieta y dolorida. Llegó, por fin, la tarde, y como no se dispusiese a salir de la celda, su criada le hizo advertir que mal podían ejecutar su intento si no iban a la huerta. Entonces la señora se levantó, como si un resorte la hubiera movido, y como para desechar toda reflexión inoportuna se encaminó precipitadamente al sitio de sus acostumbrados paseos.

Era la tarde purísima y templada, y la brisa que discurría perezosamente entre los árboles apenas arrancaba un leve susurro de sus hojas. El sol se acercaba al ocaso por entre nubes de variados matices, y bañaba las colinas cercanas, las copas de los árboles y la severa fábrica del monasterio de una luz cuyas tintas variaban, pero de un tono general siempre suave y apacible. Las tórtolas arrullaban entre los castaños y el murmullo del Cúa tenía un no sé qué de vago y adormecido que inclinaba el alma a la meditación. Difícil era mirar sin enternecimiento aquella escena sosegada y melancólica, y el alma de doña Beatriz, tan predispuesta de continuo a esta clase de emociones, se entregaba a ellas con toda el ansia que sienten los corazones llagados.

Cierto era que con pocas alegrías podía señalar los días que había pasado en aquel asilo de paz; pero al cabo el cariño con que había sido acogida y el encanto que derramaba en su pecho la santa calma del claustro, tenían natural atractivo a sus ojos. ¿Quién sabe lo que le aguardaba el porvenir en sus regiones apartadas?... Doña Beatriz se sentó al pie de un álamo, y desde allí, como por despedida, tendía dolorosas miradas a todos aquellos sitios, testigos y compañeros de sus pesares; a las flores, que había cuidado con su mano; a los pájaros, para quienes había traído cebo más de una vez, y a los arroyos, en fin, que tan dulce y sonoramente murmuraban. Embebecida en estos tristes pensamientos, no echó de ver que el sol se había puesto, y callado las tórtolas y pajarillos, hasta que la campana del convento tocó a las oraciones. Aquel son, que se prolongaba por las soledades y se perdía entre las sombras del crepúsculo, asustó a doña Beatriz, que lo escuchó como si recibiera un aviso del cielo; y, volviéndose a su criada, le dijo: