—¿Lo oyes, Martina? Esa es la voz de Dios que me dice: «Obedece a tu padre.» ¿Cómo he podido abrigar la loca idea de apelar a la ayuda de don Álvaro?

—¿Sabéis lo que yo oigo?—replicó la muchacha con algo de enfado—. Pues es ni más ni menos que un aviso para que os recojáis a vuestra celda y tengáis más juicio y resolución, procurando dormir un poco.

—Te digo—la interrumpió doña Beatriz—que no huiré con don Álvaro.

—Bien está, bien está—repuso la doncella—; pero andad y decídselo vos, porque al que le vaya con la nueva, buenas albricias le mando. Lo que yo siento es haberme dado semejante priesa por esos caminos, que no hay hueso que bien me quiera, y a mí me parece que tengo calentura. ¡Trabajo de provecho, así Dios me salve!

En esto entraron en el convento, y Martina se fué a la celda de la hortelana, donde, contra las órdenes de su ama, hizo el trueque de llaves proyectado.

Las noches postreras de Mayo duran poco, y así no tardaron en oir las doce en el reloj del convento. Ya antes que dieran había hecho su reconocimiento por los tenebrosos claustros la diligente Martina, y entonces, volviéndose a su ama, le dijo:

—Vamos, señora, porque estoy segura de que ya ha limado o quebrado los barrotes, y nos aguarda como los padres del Limbo el santo advenimiento.

—Yo no tengo fuerzas, Martina—replicó doña Beatriz, acongojada—; mejor es que vayas tú sola y le digas mi determinación.

—¿Yo, eh?—respondió ella con malicia—. ¡Pues no era mala embajada! Mujer soy, y él un caballero de los más cumplidos; pero mucho sería que no me arrancase la lengua. Vamos, señora—añadió con impaciencia—: poco conocéis el león con quien jugáis. Si tardáis, es capaz de venir a vuestra misma celda y atropellarlo todo. ¡Sin duda queréis perdernos a los tres!

Doña Beatriz, no menos atemorizada que subyugada por su pasión, salió apoyada en su doncella y entrambas llegaron a tientas a la puerta del jardín. Abriéronla con mucho cuidado, y volviendo a cerrarla de nuevo, se encaminaron apresuradamente hacia el sitio de la cerca por donde salía el agua del riego. Como la reja, contemporánea de don Bermudo el Gotoso, estaba toda carcomida de orín, no había sido difícil a un hombre vigoroso como don Álvaro arrancar las barras necesarias para facilitar el paso desahogado de una persona, de manera que cuando llegaron ya el caballero estaba de la parte de adentro. Tomó silenciosamente la mano de doña Beatriz, que parecía de hielo, y la dijo: