—Todo está dispuesto, señora; no en vano habéis puesto en mí vuestra confianza.

Doña Beatriz no contestó y don Álvaro repuso con impaciencia:

—¿Qué hacéis? ¿Tanto tiempo os parece que nos sobra?

—Pero don Álvaro—preguntó ella, con sola la mira de ganar tiempo—, ¿adónde queréis llevarme?

El caballero le explicó entonces rápida pero claramente todo su plan tan juicioso como bien concertado, y al acabar su relación, doña Beatriz volvió a guardar silencio. Entonces la zozobra y la angustia comenzaron a apoderarse del corazón de don Álvaro, que también se mantuvo un rato sin hablar palabra, fijos los ojos en los de doña Beatriz, que no se alzaban del suelo. Por fin, acallando en lo posible sus recelos, le dijo con voz algo trémula:

—Doña Beatriz, habladme con vuestra sinceridad acostumbrada. ¿Habéis mudado por ventura de resolución?

—Sí, don Álvaro—contestó ella con acento apagado y sin atreverse a alzar la vista—; yo no puedo huir con vos sin deshonrar a mi padre.

Soltó él entonces la mano, como si de repente se hubiera convertido entre las suyas en una víbora ponzoñosa, y clavando en ella una mirada casi feroz, le dijo con tono duro y casi sardónico:

—¿Y qué quiere decir entonces vuestro dolorido y extraño mensaje?

—¡Ah!—contestó ella con voz dulce y sentida—, ¿de ese modo me dais en rostro con mi flaqueza?