—Perdonadme—respondió él—porque cuando pienso que puedo perderos, mi razón se extravía y el dolor llega a hacerme olvidar hasta de la generosidad. Pero decidme, ¡ah! decidme—continuó arrojándose a sus pies—que vuestros labios han mentido cuando así queríais apartarme de vos. ¿No vais con vuestro esposo, con el esposo de vuestro corazón? Esto no puede ser más que una fascinación pasajera.
—No es sino verdadera resolución.
—¿Pero lo habéis pensado bien?—repuso don Álvaro—. ¿No sabéis que mañana vendrán por vos para llevaros a la iglesia y arrancaros la palabra fatal?
Doña Beatriz se retorció las manos lanzando sordos gemidos, y dijo:
—Yo no obedeceré a mi padre.
—Y vuestro padre os maldecirá; ¿no lo oísteis ayer de su misma boca?
—¡Es verdad, es verdad!—exclamó ella espantada y revolviendo los ojos—; él mismo lo dijo. ¡Ah!—añadió en seguida con el mayor abatimiento—, hágase entonces la voluntad de Dios y la suya.
Don Álvaro al oírla se levantó del suelo, donde todavía estaba arrodillado, como si se hubiese convertido en una barra de hierro ardiendo, y se plantó en pie delante de ella con un ademán salvaje y sombrío, midiéndola de alto a bajo con sus fulminantes miradas. Ambas mujeres se sintieron sobrecogidas de terror, y Martina no pudo menos de decir a su ama casi al oído:—¿Qué habéis hecho, señora?—Por fin don Álvaro hizo uno de aquellos esfuerzos que sólo a las naturalezas extremadamente enérgicas y altivas son permitidos, y dijo con una frialdad irónica y desdeñosa que atravesaba como una espada el corazón de la infeliz:
—En ese caso, sólo me resta pediros perdón de las muchas molestias que con mis importunidades os he causado, y rendir aquí un respetuoso y cortés homenaje a la ilustre condesa de Lemus, cuya vida colme el cielo de prosperidad.
Y con una profunda reverencia se dispuso a volver las espaldas; pero doña Beatriz, asiéndole del brazo con desesperada violencia, le dijo con voz ronca: