—¡Oh, no así, no así, don Álvaro! ¡Cosedme a puñaladas si queréis, que aquí estamos solos y nadie os imputará mi muerte; pero no me tratéis de esa manera, mil veces peor que todos los tormentos del infierno!
—Doña Beatriz, ¿queréis confiaros a mí?
—Oídme, don Álvaro: yo os amo, yo os amo más que a mi alma, jamás seré del conde... pero escuchadme y no me lancéis esas miradas.
—¿Queréis confiaros a mí y ser mi esposa, la esposa de un hombre que no encontrará en el mundo más mujer que vos?
—¡Ah!—contestó ella congojosamente y como sin sentido—; sí, con vos, con vos hasta la muerte—y entonces cayó desmayada entre los brazos de Martina y del caballero.
—¿Y qué haremos ahora?—preguntó éste.
—¿Qué hemos de hacer—contestó la criada—sino acomodarla delante de vos en vuestro caballo y marcharnos lo más aprisa que podamos? Vamos, vamos, ¿no habéis oído sus últimas palabras? Algo más suelta tenéis la lengua que mañosas las manos.
Don Álvaro juzgó lo más prudente seguir los consejos de Martina, y acomodándola en su caballo con ayuda de Martina y Millán, salió a galope por aquellas solitarias campiñas, mientras escudero y criada hacían lo propio. El generoso Almanzor, como si conociese el valor de su carga, parece que había doblado sus fuerzas y corría orgulloso y engreído, dando de cuando en cuando gozosos relinchos. En minutos llegaron como un torbellino al puente del Cúa, y atravesándolo comenzaron a correr por la opuesta orilla con la misma velocidad.
El viento fresco de la noche y la impetuosidad de la carrera habían comenzado a desvanecer el desmayo de doña Beatriz, que asida por aquel brazo a un tiempo cariñoso y fuerte, parecía transportada a otras regiones. Sus cabellos, sueltos por la agitación y el movimiento, ondeaban alrededor de la cabeza de don Álvaro como una nube perfumada, y de cuando en cuando rozaban su semblante.
Como su vestido blanco y ligero resaltaba a la luz de la luna más que la obscura armadura de don Álvaro, y semejante a una exhalación celeste entre nubes, parecía y desaparecía instantáneamente entre los árboles, se asemejaba a una sílfide cabalgando en el hipogrifo de un encantador. Don Álvaro, embebido en su dicha, no reparaba que estaban cerca del monasterio de Carracedo, cuando de repente una sombra blanca y negra se atravesó rápidamente en medio del camino y con una voz imperiosa y terrible gritó: