—¿Adónde vas, robador de doncellas?

El caballo, a pesar de su valentía, se paró, y doña Beatriz y su criada por un común impulso, restituída la primera al uso de sus sentidos por aquel terrible grito, y la segunda casi perdido el de los suyos de puro miedo, se tiraron inmediatamente al suelo. Don Álvaro, bramando de ira, metió mano a la espada, y picando con entrambas espuelas, se lanzó contra el fantasma, en quien reconoció con gran sorpresa suya al abad de Carracedo.

—¡Cómo así—le dijo en tono áspero—; un señor de Bembibre trocado en salteador nocturno!

—Padre—le interrumpió don Álvaro—, ya veis que os respeto a vos y a vuestro santo hábito; pero por amor de Dios y de la paz dejadnos ir nuestro camino. No queráis que manche mi alma con la sangre de un sacerdote del Altísimo.

—Mozo atropellado—respondió el monje—, que no respetas ni la santidad de la casa del Señor, ¿cómo pudiste creer que yo no temería tus desafueros y procuraría salirte al paso?

—Pues habéis hecho mal—replicó don Álvaro, rechinando los dientes—. ¿Qué derecho tenéis vos sobre esa dama ni sobre mí?

—Doña Beatriz—respondió el abad con reposo—estaba en una casa en que ejerzo autoridad legítima y de donde fraudulentamente la habéis arrancado. En cuanto a vos, esta cabeza calva os dirá más que mis palabras.

Don Álvaro, entonces, se apeó, y envainando su espada y procurando serenarse, le dijo:

—Ya veis, padre abad, que todos los caminos de conciliación y buena avenencia estaban cerrados. Nadie mejor que vos puede juzgar de mis intenciones, pues que no ha muchos días os descubrí mi alma como si os hablara en el tribunal de la penitencia; así, pues, sed generoso, amparad al afligido y socorred al fugitivo, y no apartéis del sendero de la virtud y la esperanza dos almas a quienes sin duda en la patria común unió un mismo sentimiento antes de llegar a la patria del destierro.

—Vos habéis arrebatado con violencia a una principal doncella del asilo que la guardaba, y este es un feo borrón a los ojos de Dios y de los hombres.