Doña Beatriz, entonces, se adelantó con su acostumbrada y hechicera modestia, y le dijo con su dulce voz:
—No, padre mío; yo he solicitado su ayuda, yo he acudido a su valor, yo me he arrojado en sus brazos, y heme aquí.
Entonces le contó rápidamente, y en medio del arrebato de la pasión, las escenas del locutorio, su desesperación, sus dudas y combates, y exaltándose con la narración, concluyó asiendo el escapulario del monje con el mayor extremo del desconsuelo y exclamando:
—¡Oh, padre mío, libradme de mi padre, libradme de este desgraciado a quien he robado su sosiego y, sobre todo, libradme de mí misma porque mi razón está rodeada de tinieblas y mi alma se extravía en los despeñaderos de la angustia que hace tanto tiempo me cercan!
Quedóse todo entonces en un profundo silencio, que el abad interrumpió por fin con su voz bronca y desapacible, pero trémulo a causa del involuntario enternecimiento que sentía.
—Don Álvaro—dijo—, doña Beatriz se quedará conmigo para volver a su convento y vos tornaréis a Bembibre.
—Ya que tratáis de arrancarla de mis manos, debiérais antes arrancarme la vida. Dejadnos ir nuestro camino, y ya que no queráis contribuir a la obra de amor, no provoquéis la cólera de quien os ha respetado aun en vuestras injusticias. Apartaos os digo o, por quien soy, que todo lo atropello, aun la santidad misma de vuestra persona.
—¡Infeliz!—contestó el anciano—. Los ojos de tu alma están ciegos con tu loca idolatría por esta criatura. ¡Hiéreme y mi sangre irá en pos de ti gritando venganza, como la de Abel!
Don Álvaro, fuera de sí de enojo, se acercó para arrancar a doña Beatriz de manos del abad, usando si preciso fuese de la última violencia, cuando ésta se interpuso y le dijo con calma:
—Deteneos, don Álvaro; todo esto no ha sido más que un sueño de que despierto ahora, y yo quiero volverme a Villabuena, de donde nunca debí salir.