Quedóse don Álvaro yerto de espanto y como petrificado en medio de su colérico arranque, y sólo acertó a replicar con voz sorda:

—¿A tanto os resolvéis?

—A tanto me resuelvo—contestó ella.

—Doña Beatriz—exclamó don Álvaro con una voz que parecía querer significar a un tiempo las mil ideas que se cruzaban y chocaban en su espíritu; pero como si desconfiase de sus fuerzas, se contentó con decir:—Doña Beatriz... ¡adiós!—Y se dirigió adonde estaba su caballo con precipitados pasos.

La desdichada señora rompió en llanto y sollozos amarguísimos, como si el único eslabón que la unía a la dicha se acabase de romper en aquel instante. El abad entonces, penetrado de misericordia, se acercó rápidamente a don Álvaro, y asiéndole del brazo le trajo, como a pesar suyo, delante de doña Beatriz.

—No os partiréis de ese modo—le dijo entonces—; no quiero que salgáis de aquí con el corazón lleno de odio. ¿No tenéis confianza, ni en mis canas, ni en la fe de vuestra dama?

—Yo sólo tengo confianza en las lanzas moras y en que Dios me concederá una suerte de cristiano y de caballero.

—Escúchame, hijo mío—añadió el monje con más ternura de la que podía esperarse de su carácter adusto y desabrido—; tú eres digno de suerte más dichosa y sólo Dios sabe cómo me atribulan tus penas. Gran cuenta darán a su justicia los que así destruyen su obra; yo que soy su delegado aquí y ejerzo jurisdicción espiritual, no consentiré en ese malhadado consorcio, manantial de vuestra desventura. He visto qué premio dan a tu hidalguía, y en mí encontrarás siempre un amparo. Tú eres la oveja sola y extraviada, pero yo te pondré sobre mis hombros y te traeré al redil del consuelo.

—Y yo—repuso doña Beatriz—renuevo aquí delante de un ministro del altar el juramento que tengo ya hecho, y de que no me hará perjurar ni la maldición misma de mi padre. ¡Oh, don Álvaro! ¿por qué queréis separaros de mí en medio de vuestra cólera? ¿Nada os merecen las persecuciones que he sufrido y sufro por vuestro amor? ¿Es esa la confianza que ponéis en mi ternura? ¿Cómo no veis que si mi resolución parece vacilar es que mis fuerzas flaquean y mi cabeza se turba en medio de la agonía que sufro sin cesar, yo, desdichada mujer, abandonada de los míos, sin más amparo que el de Dios y el vuestro?

El despecho de don Álvaro se convirtió en enternecimiento cuando vió que el desabrimiento del abad y el inesperado cambio de doña Beatriz se trocaban en bondad paternal y en tiernas protestas. Su índole natural era dulce y templada, y aquella propensión a la cólera y a la dureza que en él se notaba hacía algún tiempo provenía de las contrariedades y sinsabores que por todas partes le cercaban.