—Bien veis, venerable señor—dijo al abad—, que mi corazón no se ha salido del sendero de la sumisión sino cuando la iniquidad de los hombres me ha lanzado de él. Han querido arrebatármela, y eso es imposible; pero si vos queréis mediar y me ofrecéis que no se llevará a cabo ese casamiento abominable, yo me apartaré de aquí como si hubiera oído la palabra del mismo Dios.
—Toca esta mano, a que todos los días baja la Majestad del cielo—replicó el monje—, y vete seguro de que mientras vivas y doña Beatriz abrigue los mismos sentimientos, no pasará a los brazos de nadie, ni aunque fueran los de un rey.
—Doña Beatriz—dijo, acercándose a ella y haciendo lo posible por dominar su emoción—, yo he sido injusto con vos, y os ruego que me perdonéis. No dudo de vos, ni he dudado jamás; pero la desdicha amarga y trueca las índoles mejores. Nada tengo ya que deciros, porque ni las lágrimas, ni los lamentos, ni las palabras os revelarían lo que está pasando en mi pecho. Dentro de pocos días partiré a la guerra que vuelve a encenderse en Castilla. Con Dios, pues, os quedad, y rogadle que nos conceda días más felices.
Doña Beatriz reunió las pocas fuerzas que le quedaban para tan doloroso momento, y, acercándose al caballero, se quitó del dedo una sortija y la puso en el suyo, diciéndole:
—Tomad ese anillo, prenda y símbolo de mi fe, pura y acendrada como el oro—y en seguida, cogiendo el puñal de don Álvaro, se cortó una trenza de sus negros y largos cabellos, que todavía caían deshechos por sus hombros y cuello, y se la dió igualmente. Don Álvaro besó entrambas cosas y la dijo:
—La trenza la pondré dentro de la coraza, al lado del corazón, y el anillo no se apartará de mi dedo; pero si mi escudero os devolviese algún día entrambas cosas, rogad por mi eterno descanso.
—Aunque así fuera, os aguardaré un año; y pasado él, me retiraré a un convento.
—Acepto vuestra promesa; porque si vos muriéseis igualmente, ninguna mujer se llamaría mi esposa.
—El cielo os guarde, noble don Álvaro; pero no os entreguéis a la amargura. Mirad que la esperanza es una virtud divina.