Estas parece que debían ser sus últimas palabras; pero, lejos de moverse, parecían clavados en la tierra y sujetos por su recíproca y dolorosa mirada, hasta que por fin, movidos de un irresistible impulso, se arrojaron uno en brazos de otro, diciendo doña Beatriz en medio de un torrente de lágrimas:
—Sí, sí, en mis brazos, aquí, junto a mi corazón... ¡Qué importa que este santo hombre lo vea!... ¡Antes ha visto Dios la pureza de nuestro amor!
Así estuvieron algunos instantes, como dos puros y cristalinos ríos que mezclan sus aguas, al cabo de los cuales se separaron, y don Álvaro, montando a caballo, después de recibir un abrazo del abad, se alejó lentamente volviendo la cabeza atrás, hasta que los árboles le ocultaron. Millán se quedó, por disposición de su amo, para acompañar a doña Beatriz y a su criada a Villabuena. El anciano entonces dió un corto silbido, y un monje lego, que estaba escondido tras de unas tapias, se presentó al momento. Díjole algunas palabras en voz baja, y al cabo de poco tiempo se volvió con la litera del convento, conducida por dos poderosas mulas. Entraron en ella ama y criada; retiróse el lego; asió Millán de la mula delantera, montó el abad en su caballo y emprendieron de esta suerte el camino de Villabuena, adonde llegaron todavía de noche. Por la brecha de la reja volvieron a entrar las fugitivas, y Martina, casi en brazos, condujo a su señora a la habitación, en tanto que el abad daba la vuelta a Carracedo, más satisfecho de su prudencia, con la cual todo se había remediado sin que nada se supiese, que su pedestre acompañante del término de su aventura nocturna.
Al día siguiente, cuando los criados del conde y del señor de Arganza fueron al convento llevando los presentes de boda, encontraron a doña Beatriz atacada de una calentura abrasadora, perdido el conocimiento y en medio de un delirio espantoso.
CAPÍTULO XII
Extraño parecerá tal vez a nuestros lectores que tan a apunto estuviese el abad de Carracedo para destruir los planes de felicidad de don Álvaro y doña Beatriz, por quien suponemos que no habrá dejado de interesarse un poco su buen corazón, y, sin embargo, es una cosa natural. Cuando el señor de Bembibre se despidió de él en su primera entrevista, su resolución y sus mismas palabras le dieron a entender que su energía natural, estimulada por la violenta pasión que le dominaba, no retrocedería delante de ningún obstáculo, ni se cansaría de inventar planes y ardides. Era doña Beatriz su hija de confesión, y todas las cosas a ella pertenecientes excitaban su cuidado y solicitud; pero desde su ida a Villabuena, por honor de una casa de su Orden y que estaba bajo su autoridad, su vigilancia se había redoblado, y no sin fruto. Un criado de Carracedo había visto un aldeano montar en un soberbio caballo, en uno de los montes cercanos a Villabuena, y salir con uno, al parecer escudero, por trochas y veredas, como apartándose de poblado. Lo extraño del caso, le movió a contárselo al abad, y éste, por las señas y la dirección que llevaba, conoció que don Álvaro rondaba los alrededores, y que, en vista de la insistencia del conde de Lemus, trataría tal vez de robar a su amante. Comunicó, pues, sus órdenes a todos los guarda-bosques del monasterio, y al barquero de Villadepalos (pues la barca era del monasterio), también, para que acechasen con toda vigilancia, y le diesen parte inmediatamente de cuanto observasen. La escapatoria de la discreta y aguda Martina, sin embargo, no llegó a sus oídos; pero la venida de don Álvaro de Cornatel, el estudiado rodeo que le vieron tomar los guardas para apartarse del convento, y sobre todo, la idea de que al siguiente día expiraba el plazo señalado a doña Beatriz, fueron otros tantos rayos de luz que le indicaron aquella noche como la señalada para la ejecución del atrevido plan. Suponiendo, con razón que Cornatel fuese el punto destinado para la fuga, hizo retirar la barca al otro lado, y como el Sil iba crecido con las nieves de las montañas que se derretían, y no se podía vadear, desde luego se aseguró que su plan no saldría fallido. Cierto es que don Álvaro podía llevarse a doña Beatriz a Bembibre, o cruzar el río por el puente de Ponferrada, en cuyo caso burlaría sus afanes; pero ambas cosas ofrecían tales inconvenientes, que sin duda debían arredrar a don Álvaro. El puente estaba fortificado, y sin orden del maestre nadie hubiera pasado por él a hora tan desusada, cosa que nuestro caballero deseaba sobre todo evitar. Así, pues, las redes del prelado estaban bien tendidas, y el resultado de la tentativa de don Álvaro fué el que, por su desdicha, debía de ser necesariamente.