—¿Eres tú, pobre Martina? ¿Dónde está mi madre? ¡Me pareció oir su voz entre sueños!
—Bien os parecía, señora—replicó la muchacha reprimiéndose por no dejar traslucir la alegría tal vez infundada y loca que con aquellas palabras había recibido—: mirad al otro lado, que ahí la tenéis.
Doña Beatriz volvió la cabeza, y sacando ambos brazos tan puros y bien formados no hacía mucho, y entonces tan descarnados y flacos, se los echó al cuello, y apretándola contra su pecho con más fuerza de la que podía suponerse, exclamó, prorrumpiendo en llanto:
—¡Madre mía de mi alma! ¡Madre querida!
Doña Blanca, fuera de sí de gozo, pero procurando reprimirse, le respondió:
—Sí, hija de mi vida, aquí estoy; pero serénate, que todavía estás muy mala, y eso puede hacerte daño.
—No lo creáis—replicó ella—; no sabéis cuánto me alivian estas lágrimas, únicas dulces que he vertido hace tanto tiempo. Pero vos estáis más flaca que nunca... ¡ah, sí, es verdad, todos hemos sufrido tanto! ¡Y vos también, tía mía! Y mi padre, ¿dónde está?
—Pronto vendrá—replicó doña Blanca—; pero, vamos, sosiégate, amor mío, y procura descansar.
Doña Beatriz, sin embargo, siguió llorando y sollozando largo rato: tantas eran las lágrimas, que se habían helado en sus ojos y oprimían su pecho. Por fin, rendida del todo, cayó en un sueño profundo y sosegado, durante el cual rompió en un abundante sudor. El anciano se acercó entonces a ella, y reconociendo cuidadosamente su respiración, igual y sosegada, y su pulso, levantó los ojos y las manos al cielo, y dijo:—Gracias te sean dadas a ti, Señor, que has suplido la ignorancia de tu siervo y la has salvado.
Y cogiendo a doña Blanca, atónita y turbada, de la mano, la llevó delante de una imagen de la Virgen, y arrodillándose con ella, empezó a rezar la Salve en voz baja pero con el mayor fervor. La abadesa y Martina imitaron su ejemplo, y cuando acabaron, entrambas hermanas se arrojaron una en los brazos de otra, y doña Blanca pudo también desahogar su corazón oprimido.