El sueño de la enferma duró hasta muy entrada la mañana siguiente, y en cuanto se despertó y el médico volvió a asegurar que ya había pasado el peligro, las campanas del convento comenzaron a tocar a vuelo, y en el monasterio fué un día de gran fiesta. Don Alonso volvió a ver a su hija, pero aunque no había renunciado a su plan, tanto por la palabra empeñada, cuanto por lo mucho que lisonjeaba su ambición, resolvió no violentar su voluntad, siguiendo en esto los impulsos de su propio corazón y los consejos del prelado de Carracedo. El conde, por su parte, aunque momentáneamente, se alejó del país, y de todas maneras doña Beatriz no experimentó al salir de la enfermedad ningún género de contrariedad ni persecución. Sin embargo, la convalecencia parecía ir larga, y como el monasterio podía traerle a la imaginación más fácilmente las desagradables escenas de que había sido teatro, por orden del monje de Carracedo, que con tan paternal solicitud la había asistido, la trasladaron a Arganza, donde todos los recuerdos eran más apacibles y consoladores. El pueblo entero, que la había contado por muerta, la recibió como nuestros lectores pueden figurarse con fiestas, bailoteos y algazaras que la esplendidez del señor hacía más alegres y animados. Hubo su danza y loa correspondiente, un mayo más alto que una torre, y por añadidura una especie de farsa medio guerrera, medio venatoria, dispuesta y acaudillada por nuestro amigo Nuño el montero, que aquel día parecía haberse quitado veinte años de encima. Por lo que toca al rollizo Mendo, se alegró tanto de la vuelta de Martina, que no parecía sino que la taimada aldeana le correspondía decididamente. Muchos fueron los tragos y tajadas con que la celebró; pero si hubiera tenido noticia de sus escapatorias nocturnas, y sobre todo de la última, probablemente no se librara de una indigestión. De todas maneras la ignorancia le hacía dichoso como a tantos otros, y como él convertía en sustancia todas las burlas y aun los bufidos de la linda doncella, estaba que no cabía en su pellejo, harto estirado ya por su gordura. Añádase a esto que la mala sombra de Millán andaba lejos, rompiéndose la crisma contra las murallas de Tordehumos y que Martina volvía más interesante con la ligera palidez que le habían causado sus vigilias y congojas, y tendremos completamente explicado el regocijo del buen palafrenero.

CAPÍTULO XIV

Volvamos ahora a don Álvaro, que bien ajeno de semejantes sucesos, había llegado a Tordehumos con la hueste del rey. Este pueblo, que don Juan Núñez había provisto y reparado con la mayor diligencia, está en la pendiente de una colina dominada por un castillo, y no lejos pasa el río llamado Ríoseco. La posición es buena: las murallas estaban entonces en el mejor estado: la guarnición era valerosa y suficiente y su jefe diestro, experimentado y valiente. Ya en otro tiempo le había sitiado el rey en Aranda, de donde se salió a despecho de su cólera, y esta memoria le daba aliento para desafiarle desde Tordehumos, lugar más acomodado a la defensa. Tenía además la fundada esperanza de que nunca llegarían a estrecharle hasta el extremo, porque conservaba en el campo enemigo inteligencias y valimiento de que fiaba no menos que de su valor, el éxito de la empresa. El infante don Juan, aunque servía bajo las banderas de su sobrino, no por eso había desatado los antiguos vínculos de amistad que le unían con el de Lara, antes entre sus enemigos era donde pensaba servirle mejor, ruin manejo que sólo cabía en la doblez de aquel alma villana. Hernán Ruiz de Saldaña, Pero Ponce de León y algunos otros principales señores también estaban en el plan, si bien no encubrían sus pensamientos ni conducta bajo el manto de celo hipócrita por los intereses del rey en que se cobijaba el infante don Juan. Así es que el cerco emprendido con gran calor iba aflojándose y entibiándose de día en día con gran pesadumbre del rey, que no tardó mucho en caer en la cuenta de su daño.

Comoquiera, los caballeros más afectos a su persona o más leales no dejaban de pelear con ardor en las frecuentes salidas que hacían los sitiados, y don Álvaro, que por su aislamiento ignoraba parte de estas tramas y que por la rectitud de sus pensamientos era incapaz de entrar en ellas, andaba entre los que más se distinguían. Sucedió, pues, que una noche, saliendo los cercados con gran sigilo, dieron impensadamente sobre el real enemigo, cuya mayor parte estaba descuidada, cayendo con más furia sobre el ala del señor de Bembibre y demás caballeros fieles al rey. Don Álvaro, que no solía prescindir de las precauciones y vigilancia propias de la guerra, salió al punto con la mitad de su prevenida gente a rechazar la imprevista embestida, enviando aviso inmediatamente al cuartel del rey para que le sostuviesen en el ataque que emprendía. En el desorden introducido y en la dañada intención del infante consistió sin duda que el refuerzo pedido no llegase. La noche estaba muy obscura, los enemigos se aumentaban sin cesar: los gritos de rabia, de temor y de dolor se mezclaban con las órdenes de los cabos: las armas y escudos despedían chispas en la obscuridad con el incesante martilleo y la escena llegó a hacerse temerosa y horrible de veras. Por fin, los enemigos comenzaron a extenderse por las alas del reducido y abandonado escuadrón, y don Álvaro, estrechado entonces, comenzó a retirarse ordenadamente, resistiendo con su acostumbrado valor el empuje contrario. Su gente, por último, comenzó a desbandarse, y don Álvaro, herido ya en el pecho, recibió otra herida en la cabeza, con lo cual vino al suelo debajo de su noble caballo, que herido también hacía rato, parecía haber conservado su brío, sólo para ayudar a su jinete. Entonces sobrevino nueva pelea alrededor del caído caballero, pues sus soldados hacían desesperados esfuerzos para arrancarle del poder de los enemigos; pero el número de éstos era ya tan grande y el aliento que recibían de don Juan Núñez, que mandaba en persona esta encamisada, tal, que, por último, ensangrentados y rotos, hubieron de tomar la huída dejándolo en sus manos. Lara, que le reconoció y que ya de antemano le estimaba, hizo vendar sus heridas y transportarle con gran cuidado a su castillo. Por último, como los refuerzos del rey iban llegando, él mismo se retiró en buen orden sin experimentar daño ni escarmiento. Sus soldados, alegres con el botín recogido, dieron también la vuelta muy animosos, formando vivo contraste con las tropas del rey, mustias y descontentas de lo que había pasado.

El fiel Millán, que había peleado como correspondía al lado de su amo en aquella noche fatal, separado de él por el tropel de los fugitivos en el momento crítico, por la mañana muy temprano se presentó a las puertas de Tordehumos, pidiendo que le tomasen por prisionero con su amo, de quien venía a cuidar durante sus heridas. Lara mandó recibirle al punto, y llamándole a su presencia, le alabó mucho su fidelidad y le regaló una cadena de plata, encargándole encarecidamente la asistencia de un caballero tan cumplido como su amo. Por lo que hace a la mesnada de éste, reducida casi a la mitad por la tremenda refriega de la noche, y heridos la mayor parte de los que sobrevivieron, se reunieron bajo el mando de Melchor Robledo, y se pusieron a retaguardia del campo para curarse y restablecerse lo posible.

El rey, por su parte, aunque don Álvaro no fuese muy de su devoción por su alianza con los templarios, no por eso dejó de sentir su prisión y heridas, porque sobrado conocía que una lanza tan buena y un corazón tan noble le hacían infinita falta en medio de las voluntades, cuando menos tibias, que le rodeaban.