Don Álvaro tardó bastantes horas en volver a su conocimiento por el aturdimiento de su caída y por la mucha sangre que con sus heridas había perdido. Lo primero que vieron sus ojos al abrirse fué a su fiel Millán, que de pie al lado de su cama estaba observando con particular solicitud todos sus movimientos. A los pies estaba también en pie un caballero de aspecto noble, aunque algo ceñudo habitualmente, cubierto con una rica armadura azul, llena de perfiles y dibujos de oro de exquisito trabajo. Finalmente, a la cabecera se descubría un personaje de ruin aspecto, con ropa talar obscura y una especie de turbante o tocado blanco en la cabeza. El caballero era don Juan Núñez de Lara, y el otro sujeto el rabino Ben Simuel, su físico, hombre muy versado en los secretos de las ciencias naturales y a quien el vulgo ponía, por lo tanto, sus ribetes de nigromante y hechicero. Su raza y creencia le hacían odioso, y su exterior tampoco era a propósito para granjearle el cariño de nadie.

Don Álvaro extendió sus miradas alrededor y encontrando las paredes de un aposento en lugar de los lienzos y colgaduras de su tienda, y aquellas personas para él desconocidas, comprendió cuál era su suerte y no pudo reprimir un suspiro. Lara se acercó entonces a él, y tomándole la mano, le aseguró que no estaba sino en poder de un caballero que admiraba su valor y sus prendas; que se sosegase y cobrase ánimo para sanar en breve de sus heridas que, aunque graves, daban esperanzas de curación no muy lejana.

—Finalmente—añadió apretándole la mano—, no veáis en don Juan Núñez de Lara vuestro carcelero, sino vuestro enfermero, servidor y amigo.

Don Álvaro quiso responder, pero Ben Simuel se opuso, encargándole mucho el silencio y el reposo, y haciéndole beber una poción calmante, se salió con don Juan de la habitación, dejando al herido caballero en compañía de Millán. En cuanto se fueron, don Álvaro le preguntó con voz muy débil:

—¿Me oyes, Millán?

—Sí, señor—respondió éste—; ¿qué me queréis?

—Si muero, toma de mi dedo el anillo, y del lado izquierdo de mi coraza la trenza que me dió doña Beatriz aquella noche fatal, y se la llevarás de mi parte diciéndole... no, nada le digas.

—Está bien, señor; si Dios os llama, así se hará como decís, pero por ahora sosegaos y mirad por vos.

Don Álvaro procuró descansar, pero a pesar de la medicina, sólo logró algún reposo interrumpido y desigual; tales eran los dolores que sus heridas le causaban.