Una tarde entró don Juan de Lara en su aposento, y tomando asiento a su cabecera, mientras Millán los dejaba solos para que hablasen con más libertad, le preguntó asiéndole de la mano:
—¿Cómo os sentís, noble don Álvaro? ¿Estáis contento de mi carcelería?
—Me encuentro ya muy aliviado, señor don Juan—respondió el herido—, gracias a vuestros obsequios y atenciones, que casi me harían dar gracias al cielo de mi prisión.
—Según eso, ¿bien podréis escucharme una cosa de gran cuantía que tengo que deciros?
—Podéis comenzar si gustáis.
Don Juan entonces principió a contarle por extenso las noticias recibidas de Francia y la prisión, embargo de bienes y encausamiento de los templarios ordenados en las cartas del papa Clemente recibidas poco había en los reales de Castilla.
—Bien conozco—concluyó diciendo—, que en la hidalguía de vuestra alma no cabe abandonar una alianza que hubieseis asentado con caballeros como vos; pero ya veis que asistir a los templarios abandonados del vicario de Jesucristo y cargados con el grave peso de una acusación tan fundada en la criminal demanda que acaso van a intentar, sería hacer traición a un mismo tiempo a vuestros deberes de cristiano y bien nacido. Si en algo estimáis, pues, la fina voluntad que de asistiros y servido he mostrado, ruégoos, que, desde ahora, rompáis la confederación que tenéis con esa Orden, objeto del odio universal, y no os apartéis de vuestros amigos y aliados naturales.
Don Álvaro, que estaba íntimamente convencido de la iniquidad de la acusación dirigida contra el Temple, y que nunca hubiera creído en el jefe supremo de la Iglesia tan culpable debilidad, escuchó la relación de don Juan con una emoción violenta y profunda, cambiando muchas veces de color y apretando involuntariamente los puños y los dientes con muestras de dolor y de cólera. Por fin, enfrenando como pudo los tumultuosos movimientos de su espíritu, respondió:
—Los templarios se sujetarán al juicio que les abren, en justa obediencia al mandato del sumo pontífice, única autoridad de ellos reconocida, aunque tan ruínmente se postra delante del rey de Francia; pero ni dejarán las armas, ni se darán a prisión, ni soltarán sus bienes y castillo, sino caso de ser a ello sentenciados por los concilios. Por lo que a mí toca, don Juan de Lara, os perdono el juicio que de mí habéis formado, en gracia de tantos obsequios y cuidados como os debo; pero os suplico que aprendáis a conocerme mejor.
La legítima humillación que don Juan sufría, despertó su ira y despecho; pero deseoso de que la cuestión mejorase de terreno, y al mismo tiempo de apurar todos los medios de conciliación y templanza, replicó: