—¡Pero qué! ¿No teméis manchar la limpieza de vuestra fama, ligándoos con un cuerpo agangrenado con tantas infamias y abominaciones, a quien toda la cristiandad rechaza como a un leproso?

—Señor don Juan, os matáis en balde, queriendo persuadirme a mí lo que tal vez vos mismo no creéis. Por lo demás, no toda la cristiandad rechaza el Temple, pues no se os esconde que el sabio rey de Portugal ha enviado sus embajadores al papa para protestar de las tropelías y maldades de que está siendo objeto esta ilustre milicia.

—¡Mal aconsejado rey!—dijo el de Lara.

—El mal aconsejado sois vos—repuso don Álvaro con impaciencia—en menguar así vuestro propio decoro. Id con Dios, que ni mi corazón ni mi brazo faltarán nunca a esos perseguidos caballeros.

Lara frunció el ceño, y le preguntó con voz altanera:

—¿Olvidáis que sois mi prisionero?

—Sí, a fe que lo había olvidado, porque vos me habíais dicho que érais mi amigo y no mi carcelero; pero ya que volvéis a vuestro natural papel, sabed que, aunque me tengáis a vuestra merced, mi corazón y mi espíritu se ríen de vuestras amenazas.

Don Juan se mordió los labios y guardó silencio por un buen rato, durante el cual, sin duda, su alma, naturalmente noble y recta, le estuvo haciendo sangrientos reproches por su proceder; pero con su genial obstinación se aferró más y más en el partido adoptado. Por fin, levantándose, dijo a su prisionero:

—Don Álvaro: ya conocéis de oídas mi índole arrebatada y violenta: los primeros movimientos no están en nuestra mano. Olvidad cuanto os he dicho y no me juzguéis sino como hasta aquí me habéis juzgado.

Dicho esto se salió de la cámara, y don Álvaro, con el descuido propio de los hombres esforzados, cuando sólo de su vida se trata, se entregó a sus habituales reflexiones. El de Lara estuvo paseando en la plataforma de uno de los torreones el resto de la tarde con pasos desiguales, hablando consigo propio en ocasiones, gesticulando con vehemencia y sentándose de cuando en cuando arrobado en profundas distracciones. Por fin, largo rato después de puesto el sol, cuando los áridos campos circunvecinos iban desapareciendo entre los velos de la noche, bajó por la angosta escalera de caracol, y encaminándose a la sala principal del castillo, mandó a llamar por un paje a su físico Ben Simuel. Poco tardó en asomar por la puerta la cara de zorro del astuto judío, y sentándose al lado de su señor, entablaron en voz muy baja una viva conversación, de que el paje no pudo percibir nada, sin embargo, de estar en la puerta, hasta que, por fin, Ben Simuel, levantándose, y después de escuchar las últimas palabras de don Juan, que las acompañó con un gesto muy expresivo y semblante casi amenazador, se salió de la sala con bastante diligencia.