Cerca de las diez de la noche serían cuando el mismo judío se presentó en el encierro de don Álvaro con una copa en una salvilla, y después de reconocer sus vendajes, le hizo tomar aquella poción con que le dijo que reconciliaría el sueño. Despidióse en seguida, y don Álvaro comenzó a sentir cierta pesadez, que después de tantos insomnios parecía pronóstico de un sueño sosegado. Apenas tuvo tiempo de decir a Millán que le dejase solo y que cerrase la puerta por fuera sin entrar hasta que llamase, y al punto se quedó profundamente adormecido. El buen escudero, no menos necesitado de descanso que su amo, hizo cuanto se le mandaba, y echando la llave y guardándosela en el bolsillo, se tendió cuan largo era en una cama que para él habían puesto en un caramanchón vecino, y no despertó hasta el día siguiente, cuando ya el sol estaba bastante alto. Acercóse entonces a la puerta por ver si su señor se rebullía o quejaba; pero nada oyó. «Vamos—dijo para sí—, de esta vez sus melancolías han podido menos que el sueño, y cuando despierte, Dios mediante, se ha de encontrar otro.» Aguardó, pues, otro rato bueno, durante el cual comenzó a inquietarse, pensando que tanto dormir podría hacer daño a su señor; pero pasada una hora y media ya no pudo contener su impaciencia, y metiendo la llave en la cerradura y dándole vuelta con mucho tiento, entró en puntillas hasta la cama de don Álvaro, y después de vacilar todavía un poco, se decidió a llamarle, meneándole suavemente al mismo tiempo. Don Álvaro ni se movió ni dió respuesta alguna, y Millán, de veras asustado, acudió a abrir una ventana; pero ¡cuál no debió de ser su asombro y consternación cuando vió el cuerpo de su señor inanimado y frío, apartados los vendajes, desgarradas las heridas y toda la cama inundada en sangre!

Al principio se quedó como de una pieza, agarrotado por el espanto, la sorpresa y el dolor; pero en cuanto pudo moverse, salió dando gritos, y con los cabellos erizados todavía, por los corredores del castillo. Al ruido acudieron algunos hombres de armas y criados, y, por último, el mismo Lara seguido de Ben Simuel. Millán, ahogado por los sollozos que por fin habían podido abrirse paso por medio de su estupor y asombro, les condujo hasta el lecho de su malogrado amo, y cayó sobre él, abrazándole estrechamente. Don Juan no pudo contener una mirada errante y tremenda que dirigió a su médico; pero recobrándose al punto y revolviéndola fieramente alrededor y fijándola alternativamente en sus soldados y en Millán, mandó a éste, con voz imperiosa, que contase lo que había sucedido. Así lo hizo con toda la sencillez e ingenuidad de su dolor, hasta que, llegando a decir cómo había dejado solo a don Álvaro, el judío, que había estado registrando el cuerpo, se volvió a él con ojos airados y le dijo:

—¡Mira, desgraciado, mira tu obra! Tu amo, en un ensueño o en un acceso de delirio, ha roto sus vendajes y se ha desangrado. ¡Cómo dejar solo a un caballero tan mal herido!

El desdichado escudero empezó a mesarse los cabellos hasta que, empleando Lara su autoridad, logró que acabase su relación, y entonces, condolido de su pena, le dijo:

—Tú no has hecho sino obedecer a tu señor, y en nada eres culpable. Además, todos nos hemos engañado: ¿quién no creía a este noble mancebo libre ya de todo riesgo? ¡Dios ha querido afligirme permitiendo que un castillo mío fuese testigo de semejante desgracia! Mañana se dará sepultura a este ilustre caballero en el panteón de este castillo.

—No ha de ser así, por vida vuestra, señor—le interrumpió Millán—, antes entregádmelo a mí para que lo lleve a Bembibre y lo entierre con sus mayores. ¡Válgame Dios—exclamó en voz imperceptible—, y qué responderé a su tío el maestre y a doña Beatriz cuando me pregunten por él!

—El cuerpo de don Álvaro—replicó don Juan—descansará en este castillo hasta que, restablecida la paz y acabadas estas funestas disensiones, pueda yo mismo, con todos los caballeros de mi casa y mis aliados, trasladarlo al panteón de su familia, con la pompa correspondiente a su estirpe y alto valor.

Como esto parecía redundar en honra de su malogrado señor, y, por otra parte, como sabía que don Juan Núñez era absoluto en sus voluntades, hubo de conformarse con lo dispuesto. El cuerpo de don Álvaro estuvo todo aquel día de manifiesto en la capilla del castillo, acompañado del inconsolable escudero, y escoltado por cuatro hombres de armas que de cuando en cuando se relevaban. El capellán extendió la fe de muerto correspondiente, y aquella misma noche depositó en la bóveda del castillo, en un sepulcro nuevo, los restos de aquel joven desdichado.

Al día siguiente, Millán se presentó a don Juan para que le diese permiso de volver al Bierzo, y después de alabar mucho su fidelidad, se lo otorgó, acompañándolo de un bolsillo lleno de oro.

—Muchas gracias, noble señor—respondió él, rehusándolo—. Don Álvaro dejó hecho su testamento al venir a esta desventurada guerra, y estoy seguro de que habrá mirado por su pobre escudero, de cuya fidelidad estaba él bien seguro.