—Eso no importa—replicó don Juan, haciéndole tomar la bolsa—; tú eres un buen muchacho, y además el único placer de que disfrutamos los poderosos es el de dar.
Millán salió entonces del castillo, y yendo a encontrarse con Robledo, le contó la tragedia acaecida. La noticia, que al instante corrió por el campo, llenó de disgusto a todos, porque si bien no miraban a don Álvaro con cariño, no por eso dejaban de estimar su brillante valor, de que tan fresca memoria dejaba. La mesnada volvió a sus prados y montañas nativas llena de luto y de tristeza por la muerte de su señor, verdadero padre de sus vasallos, y por la de tantos otros hermanos de armas, cuyos huesos blanqueaban ya a la luna en los áridos campos de Castilla. Millán los dejó atrás y se adelantó a llevar a Arganza y a Ponferrada la fatal nueva.
CAPÍTULO XVI
Doña Beatriz, como dejamos dicho, volvió a la casa paterna en medio del regocijo de los suyos, que tantas razones tenían para estimarla. Su padre, como deseoso de borrar las pasadas violencias, o bien convencido de que poco valían para sojuzgar un ánimo tan esforzado, la trataba con la antigua bondad, sin mentarla siquiera sus proyectos favoritos. El conde de Lemus, que frecuentemente era huésped de la casa, penetrado sin duda de los mismos sentimientos, o por mejor decir, convencido de que otro era el camino que llevaba al logro de sus afanes, escaseaba sus visitas a doña Beatriz y había trocado sus importunidades en un respeto profundo y en una deferencia siempre cortés y delicada. La urbanidad de sus modales y la profunda simulación de su carácter, acostumbrado a los más tortuosos caminos, le ayudaron eficazmente en la difícil tarea de cambiar la opinión que, acerca de su persona y sentimientos, había formado doña Blanca. Doña Beatriz, sin embargo, nunca podía acallar la voz que repetía en su memoria las frías y altaneras palabras de aquel hombre en el locutorio de Villabuena. Harto bien lo conocía él, y por eso todos sus conatos se dirigían a lavar esta mancha que, sin duda, le afeaba a los ojos de la joven. Y por último, fuerza es confesarlo, a pesar de la dureza y frialdad de aquel alma, el candor y la belleza de doña Beatriz habían llegado a penetrar en ella por intervalos y con un vislumbre nuevo y desconocido, que a veces suavizaba su natural aspereza.
Como suele acontecer a personas arrastradas por una pasión, la señora de Arganza se había sostenido con particular entereza, a pesar de sus achaques, mientras duró la enfermedad y convalecencia de su hija. El dolor y la alegría, sucesivamente, le habían dado fuerzas, y sólo cuando ambos extremos fueron cediendo, la naturaleza recobró su curso con todo el ímpetu consiguiente a tan larga comprensión. Así, pues, cuando doña Beatriz volvió, no ya a su natural robustez, porque esto no llegó a suceder, sino en sí, su madre comenzó a flaquear, y al poco tiempo se postró enteramente al rigor de sus dolencias. De esta suerte, el vivo rayo de contento que había iluminado aquella noble familia, tardó poco en obscurecerse del todo, y de nuevo comenzaron las torturas y congojas de la incertidumbre.
Tenían los males de doña Blanca intervalos frecuentes y lúcidos en que su razón se despejaba; pero entonces una melancolía profunda se derramaba en todos sus discursos y pensamientos. Su alma apasionada y tierna, pero humilde y apacible, no había conocido más camino que la resignación, ni más norte que la obediencia. Habíase inclinado vivamente a don Álvaro mientras su voluntad había caminado de acuerdo con la de su noble esposo, y aún le conservaba una afición involuntaria a pesar de las desavenencias ocurridas; pero últimamente la fuerza que toda su vida había preponderado en su espíritu, acabó de ladearla hacia la voluntad manifiesta de su esposo. En un carácter tímido y sosegado como el suyo, la idea de nuevas discordias entre el padre y la hija era una especie de pesadilla que continuamente la estaba oprimiendo. También en su juventud habían violentado su inclinación, y al cabo, los cuidados domésticos, la conformidad religiosa y el amor de sus hijos le habían proporcionado momentos de reposo y aun de felicidad. ¿Quién puede adivinar lo que pasa en el corazón, ni quién sería bastante audaz para asegurar que apagadas las terribles llamaradas de la juventud, su hija no acabase por agradecer la solicitud de su padre, consolándose como ella se había consolado y regocijándose por último de dejar a sus descendientes un nombre ilustre y las riquezas que siempre lo realzan? El mal concepto que en un principio había formado del conde se había ido desvaneciendo, gracias a la perseverancia, artificio y destreza de su conducta, y la buena señora juzgaba que lo mismo debería acontecer a su hija.